Emmanuel Macron o el neoliberalismo fashion

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La internacional columnista

Roberto Amorebieta

Hace pocas semanas se celebraron en Francia las elecciones presidenciales, tras una primera vuelta sumamente disputada y unos resultados bastante apretados para la historia electoral de ese país. El candidato de la izquierda, Jean Luc Mélenchon, obtuvo un honroso 18,92% de los votos pero quienes pasaron a la segunda vuelta fueron Emmanuel Macron (23,23%) y Marine Le Pen (22,83%). Esta elección ha supuesto un sacudón en la política francesa pues por primera vez los dos partidos tradicionales que han construido la gobernabilidad en Francia, el Partido Socialista y el partido conservador (hoy llamado Los Republicanos), no han obtenido juntos más del 25,8% de los votos y ninguno ha pasado a la segunda vuelta cuando hace unos años se repartían la mayoría electoral y controlaban cómodamente el aparato de poder.

Marine Le Pen, como se sabe, representa el sector más extremo de la derecha neofascista agrupada en el Frente Nacional. Emmanuel Macron, por el contrario, es el típico antipolítico, el outsider, un hombre que viene del mundo de la empresa y que sólo ha ejercido cargos públicos muy recientemente. En la segunda vuelta ha vencido a Le Pen por 66,1% a 33,9% gracias a la movilización de ciudadanos de todas las vertientes que le han dado su voto con el exclusivo propósito de frenar las aspiraciones de la neofascista. Un triunfo de Le Pen hubiese supuesto una catástrofe para Francia, por supuesto, pero aún más para el equilibrio mundial pues hubiese significado la llegada a la presidencia de uno de los países más importantes de la Unión Europea, potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y de la OTAN, de una propuesta de extrema derecha, antieuropea y contraria al llamado libre comercio.

Es allí donde radica el verdadero riesgo que Le Pen y el Frente Nacional representan para el establishment francés y global. No es el autoritarismo, la xenofobia, el racismo y la islamofobia de la extrema derecha lo que verdaderamente asusta a los representantes del poder global pues comúnmente se han servido de ellos para frenar las reivindicaciones populares. Es su programa económico proteccionista y su política antiglobalización lo que enciende las alarmas. En eso coinciden Donald Trump y Marine Le Pen y por eso los medios de comunicación al unísono nos presentan a estos dos personajes como si fuesen iguales y parte del llamado “populismo” de derecha.

Por otro lado, esos mismos medios de comunicación se han esforzado en presentarnos desde su triunfo a Emmanuel Macron como un hombre atractivo, un político novedoso que llama a la concordia, de “centro”, moderado, abierto al diálogo. Es decir, la salvación ante la “amenaza populista”. La guinda del pastel ha sido su relación sentimental. En un país como Francia, donde la vida privada de los políticos no interesa a nadie y el propio expresidente Hollande fue pillado siendo infiel a su esposa y no pasó nada, la noticia de la relación de Macron con una mujer 24 años mayor que él se ha convertido en comidilla de la prensa. Y no sólo en las redes sociales. En la prensa “seria” se encuentran toda suerte de noticias (incluso en castellano) que exaltan la historia del matrimonio Macron como un ejemplo de que el amor todo lo puede, de que el amor rompe barreras, de que el amor es invencible. Mejor dicho, nos están metiendo a Macron por los ojos.

Para comprender por qué la prensa se esfuerza en vendernos a Macron como “la salvación” y para ello recurre incluso a ventilar detalles de su vida privada, es importante entender el significado del crecimiento de la derecha antineoliberal en los países industrializados. Lo que los medios han llamado de forma simplista la “derecha populista” no es sino un conjunto diverso de reacciones a la catástrofe social neoliberal y a su justificación ética basada en el pluralismo y la apertura cultural. Me explico. En cuanto a las consecuencias económicas del neoliberalismo, el avance de propuestas de ultraderecha como Amanecer Dorado en Grecia, el Frente Nacional francés, el UKIP inglés que promovió el Brexit, el FPÖ austriaco que casi gana las elecciones presidenciales y otras, son una manifestación de inconformidad de amplias capas de trabajadores ante las nefastas consecuencias sociales de las medidas de austeridad y recortes sociales que han sucedido a la crisis financiera de 2008. Son trabajadores nativos de sus países, que han visto cómo su calidad de vida se ha deteriorado como consecuencia de la crisis y al mismo tiempo su país recibe cada vez más inmigrantes. Para ellos es muy fácil asociar una cosa con la otra, es decir, achacar a los inmigrantes la culpa del desempleo y la inseguridad y de eso se han servido lo líderes de estas iniciativas.

Por otro lado, el neoliberalismo no es sólo un modelo económico; es también un paradigma ético. Sus valores aluden a una personalidad competitiva, individualista e intrépida, que permite a los actores acceder a las mejores oportunidades en el mercado y maximizar sus beneficios. A través del consumo, las personas no sólo satisfacen sus necesidades individuales sino que refuerzan su identidad a través del acceso a productos que prometen cosas como el éxito o la felicidad. Por supuesto, dicha situación sólo es posible en un escenario cultural en el que cada persona, desde su peculiaridad y su originalidad pueda “encontrarse a sí misma” y “ser ella misma”. Y un escenario cultural así sólo puede caracterizarse por la diversidad. En otras palabras, en un escenario uniforme debes ser como te corresponde mientras en un escenario diverso puedes ser quien tú quieras. Sólo donde puedes ser tú mismo, sin condicionamientos, podrás hallarte tal como eres en realidad. Ese “ser tú mismo” es, por un lado, una renuncia a las clasificaciones sociales (como las de clase), la desarticulación de cualquier concepción o iniciativa colectiva y la atomización de la sociedad en individuos solitarios. El lado bueno de todo esto es que este escenario cultural de la diversidad también ha permitido el fortalecimiento de discursos como la reivindicación de los derechos de las mujeres y las personas LGBTI, la defensa del medio ambiente, la defensa de la inmigración, la protección de los animales, entre otros. Es, como lo denominó Nancy Fraser, el “neoliberalismo progresista” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=221955).

En Colombia, sin ir más lejos, la Constitución de 1991 abrió el escenario político y cultural y permitió la emergencia de nuevas identidades, pero también forjó las bases para la implementación del modelo de apertura económica.

No obstante desde el análisis es posible establecer la diferenciación entre lo ético y lo económico en el neoliberalismo, para el votante de la ultraderecha un aspecto es consecuencia directa del otro, cuando no es así. Es decir, para la persona que vota por Trump, Le Pen o “el que diga Uribe”, la crisis, el empobrecimiento, la desigualdad, la inseguridad o la corrupción son culpa del relajamiento moral, la falta de carácter de los gobernantes y la presencia de “indeseables”, como los inmigrantes en Europa o Estados Unidos o la izquierda en Colombia. Por eso es tan fácil para la ultraderecha colombiana movilizar a sus seguidores contra el proceso de paz apelando a la crítica al enfoque de género (dos cosas que se relacionan sólo indirectamente entre sí), porque para ellos las dos cosas son parte de lo mismo. El razonamiento es simple: Si Santos es capaz de tener dos ministras lesbianas, por ejemplo, nada de raro tiene que sea guerrillero y efectivamente le esté entregando el país a las Farc.

Ese discurso de la diversidad, ese discurso “liberal”, es contra el que se movilizó el electorado blanco de Donald Trump en EEUU o de Marine Le Pen en Francia. No es sólo el empobrecimiento de la clase media; es que esa clase media culpa de la crisis a los más vulnerables de la sociedad y al marco ético que les ha dado cabida, visibilidad y derechos. Es la reacción a la famosa “paradoja democrática”, que obliga a los países industrializados a hacerse cargo de los inmigrantes que lleguen a su territorio como consecuencia de la economía global y a garantizarles todos sus derechos como miembros que son de la sociedad que los recibe. Pero el votante de ultraderecha no lo ve así, para él la inmigración no es una consecuencia sino la causa de la crisis.

Pero mientras la extrema derecha se fortalece, las alternativas sociales y populares al neoliberalismo también aumentan su fuerza, así los medios de comunicación las ignoren y las intenten disimular. En Francia por ejemplo, Mélenchon movilizó casi una quinta parte del electorado dejando rezagado al Partido Socialista, tradicional representante del centro izquierda francés. Portugal es gobernado por una coalición de socialistas y comunistas quienes han puesto freno a las medidas de austeridad recomendadas por la Unión Europea y han encaminado al país de nuevo por la senda del desarrollo social. El candidato de la izquierda estadounidense, Bernie Sanders, casi gana las primarias del Partido Demócrata y hubiese ganado la elección a Trump si los barones del partido no hubieran saboteado su campaña.

Por lo anterior, si la ultraderecha populista representa un riesgo para el orden global neoliberal, la amenaza real es la posibilidad de que verdaderas alternativas populares puedan materializarse. Es lo que explica la virulencia con la que los medios tratan por igual a Nicolás Maduro y a Donald Trump, o a Marine Le Pen y a Pablo Iglesias. Porque necesitan que creamos que son lo mismo y aunque ambos se oponen al actual régimen global, cada uno representa cosas radicalmente diferentes.

Y en ese panorama aparecen personajes como Emmanuel Macron y su envidiable historia de amor, o Xabier Bettel, primer ministro de Luxemburgo, quien llegó a la última cumbre de la OTAN con su marido, el belga Gauthier Destenay. Este último posó en la foto oficial de las primeras damas y por supuesto, él era el único hombre. Lo insólito de la imagen hizo que muchos se enternecieran y creyeran que la foto era un símbolo de que los tiempos han cambiado para bien. Lo que pasó desapercibido es que la foto (muy incluyente, eso sí) fuese de una cumbre de la OTAN, la alianza militar responsable de miles de muertos alrededor del mundo. Es la cara amable de la guerra. Es el lado fashion del neoliberalismo.

@amorebieta7

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