El embrujo autoritario se desvanece

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Definitivamente el Centro Democrático y su jefe natural, ya no tienen las mayorías de antaño

El jefe político del Centro Democrático y el jefe del Estado comparten la misma suerte frente ante el escándalo de la detención del senador más votado de la historia

Alberto Acevedo

A partir de la notificación que la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia hizo al senador Álvaro Uribe Vélez, de la detención domiciliaria que el juez natural impone al acusado en un proceso por los delitos de fraude procesal y soborno, y ante el riesgo de que si se mantiene en libertad seguramente incidiría en la alteración de las pruebas, tanto el sindicado como su colectividad política, el Centro Democrático, se dieron a la tarea de convertir el fallo judicial en un problema político. Tratar de hacer ver como blanco lo que es negro y convertir al acusado en víctima. De criminal a héroe. Y para ello se han valido de toda suerte de subterfugios.

Calibraron la temperatura política, sin los resultados esperados. La noche de la notificación promovieron desfiles de automóviles e intentaron sacar a la gente a las calles, sobre el cálculo de que provocarían un gran remezón político. La verdad es que solo en dos o tres ciudades se dieron manifestaciones de respaldo al detenido, bastante lánguidas por cierto.

Las fuerzas de la extrema derecha no dieron el brazo a torcer. La senadora Paola Holguín, conocida por su incontinencia verbal, hizo un llamado a la reserva activa de las fuerzas militares a que salieran a la calle a defender al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No salieron, como no lo hicieron tampoco las fuerzas activas. El país no estalló.

Contra la dignidad de la justicia

Entonces acudieron a otros escenarios, montados sobre la marcha. El torpedo mayor, que iría a hacer mayor efecto, fue la propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente multipropósito, que no solo pondría en libertad al innombrable, lo aliviaría de toda culpa, sino que arrasaría con la Justicia Especial de Paz, la Comisión de la Verdad y otros instrumentos jurídicos nacidos del acuerdo de La Habana, que incomodan al uribismo.

Los grandes medios de comunicación se dan a la tarea de alentar esa especie de guerra sucia contra la Justicia Especial de Paz, contra la Corte Suprema, y dan pasos en el imaginario popular para transformar al inquilino del Ubérrimo, de delincuente en héroe. El presidente de la República interviene varias veces en favor de su jefe político, denigrando del fallo de la Corte, en una actitud de abierta interferencia en las decisiones judiciales y de violación al principio de la separación de poderes.

Simultáneamente se orquestó una ‘lluvia de tutelas’, con el claro propósito de deslegitimar la decisión de la sala penal de la Corte en su propósito de mantener bajo custodia precautelativa a un procesado que, por su poder político, podría corromper la eficacia probatoria del proceso que se le adelanta.

Actitud intervencionista

Para reforzar la estrategia de la ultraderecha, aparece, como movido por los hilos del gran titiritero, el mensaje del vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, el Big Brother, indicando en su cuenta de twitter que acababa de hablar con el presidente Duque, su “gran aliado”, y le aseguró que “el presidente Trump y yo estamos agradecidos por nuestra sociedad a favor de la libertad en el hemisferio (…) pero al estar el expresidente Álvaro Uribe bajo arresto domiciliario, nos unimos a todas las voces amantes de la libertad alrededor del mundo para llamar a los funcionarios colombianos a que dejen que éste héroe, quien ha recibido la Medalla Presidencial de la Libertad, se defienda como un hombre libre”.

El mensaje de Pence produjo reacciones inmediatas. Desde luego, las del uribismo, que se sintió respaldado. Pero también las de numerosas voces desde el flanco democrático que rechazaron una posición abiertamente intervencionista en los asuntos internos de los colombianos, y en contra de la actuación autónoma de la justicia.

Lo curioso es que el mensaje del vicepresidente norteamericano equipara a un individuo sub judice, sobre el que aún quedan abiertos 41 procesos penales en la Corte Suprema de Justicia, y contra quien hacen tránsito 250 denuncias penales más, con vocación de convertirse en procesos activos; asimila a este personaje con la majestad del presidente de la república.

Gobierno ilegítimo

Quizá no sea una actitud ingenua o ignorante del vicepresidente norteamericano comparar al primer mandatario con el delincuente. Al fin y al cabo, los dos están acusados de acudir a estructuras mafiosas para acceder al poder. El caso de la ñeñepolítica es el más elocuente de todos los ejemplos que se pueden aportar. Recientemente un senador de la república calificó de ‘ilegítimo’ el gobierno de Duque. Y el Consejo Nacional Electoral acaba de abrirle un proceso administrativo por estas razones.

Paradójicamente, el jefe político del Centro Democrático y el jefe del Estado, comparten la misma suerte en los desafíos que esperan a Colombia tras el escándalo de la detención del senador más votado de la historia, según fuentes uribistas.

Un buque en aguas procelosas

De alguna manera, tanto el primer mandatario como el partido de gobierno deberán afrontar enormes retos. No solo el fardo que arrastra el líder derechista con el proceso en curso, sino el presidente, que deberá afrontar asuntos como el manejo final de la pandemia, que ha paralizado la economía, el enorme desempleo que se trepó al 26 por ciento, con cerca de ocho millones de personas sin trabajo.

Lo cierto es que el partido de gobierno ya no tendrá a su jefe natural en el senado, cubriendo entuertos; el partido de gobierno no tendrá a su líder natural, ni el presidente tendrá a su lado a su guía espiritual. El manejo del problema, ya plantea fisuras en las toldas gubernamentales. El partido liberal ha ratificado su independencia en su pasada convención nacional, fracturando las mayorías parlamentarias que necesita Duque.

En escenarios nacionales e internacionales crecen las condenas por el asesinato sistemático de jóvenes, de líderes sociales, de excombatientes insurgentes. Y en la misma proporción crece la certidumbre de que el jefe de gobierno, más allá de sus discursos diarios por televisión, de sus oraciones a la Virgen del Carmen, no tiene el talante de estadista que el país, una nave en aguas turbulentas, necesita.

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