Elecciones de mitaca en Estados Unidos

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Alexandria Ocasio-Cortez, perteneciente al ala más de izquierda del Partido Demócrata.

El control de la Cámara de Representantes por el Partido Demócrata, el ascenso de minorías políticas, religiosas y de género, y la llegada, por primera vez, de más de cien mujeres al parlamento, podrían marcar un rechazo al avance neofascista en la primera potencia del mundo

Ricardo Arenales

El Partido Demócrata consiguió en las elecciones del 6 de noviembre la victoria que estaba esperando: la mayoría parlamentaria en la Cámara de representantes y las gobernaciones de los Estados de Wisconsin, Michigan y Pensilvania. Este avance, muy importante, porque marca una tendencia hacia las elecciones presidenciales de 2020, no significa sin embargo un repudio abrumador a la gestión del presidente Trump, que con su discurso radical y de odio, logró mantener el voto de sectores rurales y urbanos de influencia conservadora, y con ello el control del Senado.

De lo que no hay duda es que el ejercicio electoral de noviembre sí representó un triunfo contundente para el voto de las mujeres, que por primera vez en la historia política de esa nación eligieron más de cien parlamentarias, y en una proporción significativa, de diversas minorías y de sectores juveniles que mayoritariamente fueron a las urnas, algunos por primera vez, para apoyar a candidatos demócratas, a facciones de izquierda cada vez más visibles en la escena política norteamericana y expresar su repudio a la política de odio y de xenofobia del inquilino de la Casa Blanca.

En un hecho inédito, la Cámara de Representantes tendrá por primera vez en su seno a dos mujeres de orientación musulmana: Rashida Tlaib, de origen palestino, y la somalí Ilham Omar. A dos mujeres de ascendencia indígena: Sharice Davids y Debra Haaland, por las circunscripciones electorales de Kansas y Nuevo México, respectivamente. En la bancada femenina se cuenta también a la neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez, de 29 años, perteneciente al ala más de izquierda del Partido Demócrata, que reivindica un ideario socialista y tiene el apoyo de Bernie Sanders.

Referéndum de confianza

Se destaca en este sentido la apuesta que los demócratas hicieron en esta campaña por las mujeres, los sectores Lgbti, los jóvenes y las minorías étnicas, principalmente hispanoamericanas, estrategia que dio sus frutos. Hicieron una campaña centrada en la necesidad de mejoras en los servicios de educación y salud, y evitaron la confrontación frente a las provocaciones de Trump.

El presidente, que dejó a un lado aspectos cotidianos de su agenda, y se dedicó por entero a una intensa campaña de apoyo a sus correligionarios republicanos, dijo en un momento que entendía los resultados de las urnas como un “referéndum de confianza” hacia él mismo y su política, por lo que llamó a los ciudadanos a votar por los candidatos de su partido.

En este sentido, si se toma el voto del 6 de noviembre como termómetro frente a la gestión del presidente, si no fue una derrota, al menos sí un duro revés, pues aunque su partido mantiene el control del Senado, perdió la Cámara y varias gobernaciones, se consolidan unas minorías, se fortalecen tendencias de izquierda y se crean las condiciones para que la Cámara abra una serie de investigaciones sobre conductas poco claras en la gestión del gobernante.

Degradación

En el lenguaje de los analistas políticos es común escucharles decir que “cuando la economía va bien, el país va bien”. En el caso de los Estados Unidos parece que la fórmula se distorsiona: “cuando la economía va bien, el país va mal”. Pues, a pesar de que hay un cierto crecimiento económico y el desempleo está en los índices más bajos, el país ha quedado polarizado y lleno de resentimientos en esta contienda electoral.

Porque la campaña tiene otros registros: fue la más costosa de mitaca en todos los tiempos, la más sucia, por el lenguaje insultante que se empleó. El discurso contra los migrantes centroamericanos, las acusaciones de que Venezuela promovía las movilizaciones; que el Partido Demócrata quería convertir a Estados Unidos en una dictadura “socialista”, los paquetes bomba enviados a prestantes figuras de oposición a la gestión de Trump, muestran los niveles de degradación a que se llegó en esta ocasión.

El discurso de Trump en esta campaña, a pesar de que su nombre no estuvo en juego, muestra definitivamente que el presidente no está al servicio del establecimiento financiero que controla la distribución del capital. De alguna manera la pelea que tuvo con el periodista de CNN en su primera rueda de prensa después de la jornada en las urnas, muestra esta condición. Trump es vocero de un sector minoritario de la oligarquía norteamericana, atrasado y retrógrado, que pretende controlar la totalidad del poder político que venía perdiendo gradualmente desde la segunda guerra mundial.

Trump representa -según el Nobel de Economía Paul Krugman- a sectores importantes del gran capital industrial, de bienes raíces, agroindustrial y energético, y logró alinear a sectores de la clase obrera empobrecida y a grupos de ideología conservadora o fundamentalistas, como el Tea Party y el Ku Klux Klan.

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