El tiempo posible

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El mercado de los video juegos ha forjado una cultura, un lenguaje y unas formas de comunicación entre sus jugadores

Si es verdad que existe una concepción diferente de la temporalidad según la clase social, la brega no debe ser por cambiar nuestra idea de ella sino por cambiar la sociedad donde esta idea se configura

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Uno de los rasgos más importantes de lo que hoy conocemos como posmodernidad es la preocupación por poner el foco de atención en la forma como se construyen las percepciones de la realidad, haciendo un especial énfasis en la relevancia del lenguaje. En otras palabras, el pensamiento posmoderno asume que la realidad material no importa y que, por el contrario, lo que define la condición del ser humano es su percepción de esa realidad y no su situación objetiva. Por ello el lenguaje deja de ser concebido como una herramienta humana útil para la comunicación y se convierte en una especie de ente con vida propia -una especie de dios, hay que decirlo- que define el destino de las personas.

Con frecuencia se oye decir que “el lenguaje crea realidades”. Esta es una idea posmoderna -lo que no la hace buena ni mala en sí misma, es una idea y nada más-, pero es importante explicar sus implicaciones porque su atractivo puede hacer que se utilice de forma ligera, confusa o directamente contraproducente, en especial cuando se incorpora al lenguaje revolucionario. Es evidente que la forma de nombrar la realidad influye en cómo la interpretamos y cómo impacta en nosotros. Por eso existen los eufemismos. Hay personas que prefieren ser llamadas “mayores” que “viejos”, así como hay personas que prefieren ser llamadas “discapacitados” que “tullidos”. Se trata de la misma realidad, pero llamarla de la primera forma sin duda la hace más llevadera.

El problema es que olvidamos que suavizar las situaciones difíciles con palabras bonitas es una cosa y pretender cambiar la realidad llamándola distinto, es otra. Es asertivo usar un lenguaje respetuoso con las sensibilidades ajenas, qué duda cabe, pero es infantilizante pretender que todo se reduce al lenguaje.

De alguna manera, la posmodernidad intenta retornar al individuo a una especie de minoría de edad, en la que su destino ya no depende de su origen social o de la voluntad divina -como en la Edad Media- sino únicamente de su propia iniciativa.

El niño posmoderno cree que la voluntad es suficiente para triunfar, que la sociedad no existe y por ende tampoco los límites que esta impone, como la solidaridad, la responsabilidad o la mesura, ni mucho menos una estructura socioeconómica que pueda condicionar la situación de la persona. No, todo depende de él.

Y en ese endiosamiento de la voluntad -individual, por supuesto- el lenguaje cumple un rol fundamental. Ello ocurre en todos los ámbitos de la vida humana. No es casual, por ejemplo, que el Gobierno insista en llamar “homicidios colectivos” a las masacres, que el neoliberalismo llame “flexibilización laboral” al ataque contra los derechos de los trabajadores, que el uribismo promueva la etiqueta “Yo no paro, yo produzco” en el marco del paro nacional, o que la primera dama llame “reinvención y resiliencia” al “saltar matones” de toda la vida.

El tiempo pervertido

Es lo que sucede con un artículo publicado en estas mismas páginas la semana anterior, que sostiene que la concepción diferenciada del tiempo entre poderosos y sometidos define la nueva división social del trabajo. El artículo acierta en identificar que la forma como se asume el tiempo -y en particular, el tiempo libre- es diferente según el lugar que se ocupe en la escala social. Quienes poseen rentas y privilegios pueden darse el lujo -nunca mejor dicho- de vivir el tiempo de forma más lenta, sosegada y sin los avatares de la vida cotidiana. Los que deben trabajar para vivir, por el contrario, están sometidos a la dictadura de lo cotidiano y no tienen el tiempo ni la disposición para preocuparse por asuntos más allá de su propia supervivencia.

El artículo se equivoca, no obstante, en que invierte la relación de causalidad. Dicho de otro modo, sostiene que las concepciones del tiempo definen las nuevas clases sociales cuando es a la inversa: Es la estructura de clases la que define nuestra forma de vivir el tiempo. Quienes pueden concebir el tiempo a largo plazo, imaginar la historia o prever el futuro son quienes ocupan un lugar privilegiado en la escala social, independientemente de su esfuerzo o mérito. Quienes por el contrario viven el tiempo cotidiano de forma azarosa son los excluidos, no aquellos que se niegan a asumir su propio destino como “individuos empoderados”.

Es decir, el artículo pretende ser crítico con la forma como el neoliberalismo mercantiliza el tiempo libre e incorpora la concepción del tiempo a su lógica individualista y competitiva. No obstante, detrás de su aparente carácter contestatario, asume que estas nuevas divisiones sociales son definitorias de la estructura social y se conforma con la idea de que los debates sociales y políticos ya no son entre izquierda y derecha sino entre quienes conciben el tiempo como una oportunidad y quienes lo asumen con resignación. Por supuesto, una conclusión así llevaría a sugerir que debe cambiarse -de nuevo- no la estructura social a través de la lucha de clases sino la forma de pensar de cada individuo, lo que le permitiría salir de su condición de sometido, a él y solo a él.

Otro tiempo es posible

La publicación del artículo se hizo con el ánimo de enseñar ciertos rasgos del pensamiento de la derecha que pueden ser sugestivos en los debates de hoy. Es frecuente encontrar este tipo de argumentaciones en los discursos que defienden el statu quo, pero también en los discursos que se pretenden transformadores. Por ello merece la pena ventilarlos en nuestras páginas para alertar a nuestros lectores y lectoras sobre los riesgos que entraña esta forma de pensar para la coherencia revolucionaria.

Por supuesto que el tiempo, como cualquier convención, es algo que está sometido a las contradicciones propias de un grupo humano. Es cierto que la división social condiciona la vida de las personas y que, de alguna manera, los seres humanos estamos sometidos al imperio de las circunstancias históricas, pero ello no significa que comprenderlo implique resignarse. Identificar los dispositivos de dominación que se ciernen sobre las clases trabajadoras, describirlos y analizarlos sin apasionamientos, no significa asumir que son inevitables. Al contrario, forma parte de la estrategia para transformar la realidad en la que estamos embarcados todos los revolucionarios.

Comprender que en este momento histórico el tiempo se vive de formas diferenciadas según la clase social, debe llevarnos a luchar por cambiar no nuestra concepción del tiempo, sino la sociedad en que vivimos. Si hoy el tiempo libre, la placidez y el recogimiento son privilegios de los poderosos, debemos luchar porque se conviertan en un derecho universal. Así como los trabajadores del siglo XIX dieron su vida por conquistar la jornada laboral de ocho horas, el derecho a las vacaciones o el derecho a la pensión -todas conquistas relacionadas con el tiempo libre y el descanso- hoy es aún más urgente recuperar los derechos arrebatados por cuatro decenios de neoliberalismo.

Pero eso no basta. También debemos luchar por que la gente pueda asumir el tiempo como una oportunidad para crecer, amar y construir una sociedad más justa. Si hoy el tiempo se concibe como una mercancía, otro tiempo es posible. Un tiempo mejor, un tiempo de dignidad, de solidaridad y de revolución.

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