El oro de Roma

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Entrada del Cine Verdi (Madrid). Foto: Jonathan Fortich.

Se ha escrito bastante sobre Roma (Alfonso Cuarón, 2018) desde su estreno en Venecia el 30 de agosto del año pasado. En general, se habla de ella con un tono que resulta favorable. Muy pocos han sido los comentarios adversos

Jonathan Fortich
@fortich79 

Sería erróneo calificar a este filme como mediocre. En tiempos en los que es tan difícil vivir experiencias intensas en el cine, se agradece una historia con principio, medio y fin, que capte y mantenga el interés del espectador con personajes verosímiles y las complejidades que esto implica. Todo esto se encuentra en Roma. Además de un trabajo de dirección de arte que llega a cumplir con sus ambiciosos propósitos: reconstruir la Ciudad de México de 1970-71. El diseño sonoro asume también unos riesgos importantes, aprovechando los avances de la tecnología Dolby Atmos empleada en la mezcla; aunque con un resultado que puede ser desigual teniendo en cuenta que se emplean recursos a los que el grueso de los espectadores no están habituados. La amplia experiencia de Cuarón garantiza, claro, un trabajo actoral que llena de vida la historia.

Ver esta película fuera de contexto resultaría bastante satisfactorio para la mayoría de los espectadores. Sin embargo, cuando prestamos atención a su palmarés, nos encontramos que los premios recibidos superan el centenar: León de Oro, Golden Globe, AFI, nominaciones al Oscar, etc. Tras su estreno en Netflix (14 de diciembre), las redes sociales estallaron en alabanzas que llegaron a homologar a Cuarón con Fellini y De Sica, y diversos medios de comunicación han empleado los adjetivos más elogiosos. Realmente es aquí donde está el auténtico problema de Roma: su campaña de publicidad y mercadeo. Y tras ella, naturalmente, su distribuidor.

Netflix: un jovencito con demasiado poder

Es comprensible el interés de Netflix por esta cinta. La compañía de entretenimiento con poco más de veinte años de historia, y que sólo hasta 2012 empezó a dedicarse a la producción y distribución, se ha convertido en una verdadera major; al parecer, la clave de su éxito está en su profundo conocimiento de su público.

¿Y qué hay aquí para ofrecer al público? Primero, un director que desde su ópera prima, (Solo con tu pareja, 1991) se ha hecho una carrera tan exitosa como diversa (Gravity; Children of Men; Harry Potter y el prisionero de Azkaban; Y tu mamá también, etc.); en este sentido combina una experiencia importante con el cine comercial con pretensiones estéticas que pueden llegar a seducir a ese público entre los veintitantos y los cuarentaypocos que dice: “no veo T.V., veo series”. Segundo, su personaje principal, Cleo (Yalitza Aparicio): una joven solitaria que trabaja con abnegación y total compromiso -su jornada empieza antes de que se despierten los patrones y termina luego de que se van a dormir- no es debidamente valorada. En este sentido, la juventud trabajadora de todo el mundo podría sentirse identificada con ella. Además, Cleo ha emigrado a una gran ciudad donde sólo puede hablar su lengua materna -el mixteco- con su compañera de trabajo, Adela (Nancy García García). Otra característica con la que pueden identificarse millones de proletarios migrantes. Por último, un punto de vista que implica una “crítica social” políticamente correcta: la especialidad de Netflix para cautivar a la juventud. Son recurrentes las escenas en las que Cuarón marca la brecha entre Cleo y sus patrones pero esto nunca llega a ponerse en términos de lucha de clases o algo que se le parezca. Casi que Cuarón parece decirle a los de su clase: “valoren y respeten a los trabajadores que dan la vida por ustedes”.

Perspectiva de clase

Vale hacer el contraste con el personaje de Lupe Ontiveros en Storytelling (Todd Solondz, 2001): Consuelo, una empleada doméstica mexicana, hastiada de la explotación y opresión de sus patrones, antes de huir, se encarga de dejar todo listo para que muera la familia. Y ni hablar de Susana (Luis Buñuel, 1951); una mujer que, huyendo de una cárcel seduce a una familia de hacendados mexicanos hasta ponerlos en crisis cuando cada uno se deja guiar por sus auténticas pasiones.

Desde un punto de vista revolucionario, no buscamos la conciliación de clases que promueve el cartel del filme sino derrocar la dominación burguesa y llevar al proletariado a la conquista del poder político. Por supuesto, conviene a la burguesía en estos tiempos insinuar que aunque reconocen que los tiempos son difíciles, “podemos avanzar si aprendemos a valorarnos como personas”. Así, cualquier idea revolucionaria se disuelve en buenas intenciones. Si además, se empaqueta esto dándole al filme el aura de “obra maestra”, hasta parece una verdad irrefutable.

La experiencia de Roma implica, no sólo una trampa ideológica; tras ella están los intereses de Netflix de cautivar suscriptores, sobre todo los miles de decepcionados por la poca oferta de buen cine que suelen tener; además, tienen un producto capaz de conquistar al mercado latinoamericano que abunda en potenciales suscriptores. Pero, por si fuera poco, abre la puerta para ofertar Netflix como una posibilidad de distribución, exhibición del cine “independiente” que cada vez encuentra más obstáculos para sobrevivir, particularmente en América Latina. No olvidemos que, aunque los suscriptores son importantes para esta compañía, en algún momento encontrarán un tope, así que necesitan otras estrategias para que los números sigan subiendo.

El mismo Cuarón ha visto las implicaciones de su acuerdo. Por una parte, la difusión de la película en salas ha sido bastante limitada; algo lamentable teniendo en cuenta la tecnología empleada para el sonido y el particular formato empleado (65 mm). Mucho de la experiencia estética se pierde cuando la película se visiona en un televisor o, peor aún, en un teléfono celular. Por si fuera poco, en España, los diálogos en español, se han subtitulado con los modos propios de este país y así se proyecta en las salas de cine. Ambos hechos han sido lamentados por el director.

Vale hoy recordar las palabras de Fidel Castro a los intelectuales: “(…) dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

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