El exdemócrata

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Carlos Holmes Trujillo, canciller de Colombia con John Sullivan, Subsecretario de Estado de Estados Unidos. Foto Cancillería.

Hernán Camacho
@camachohernan 

Quienes conocen al canciller Carlos Holmes Trujillo, están sorprendidos por sus desafortunadas piruetas. Pasó de destacado miembro de la Asamblea Constituyente a canciller radical de extrema derecha. Su transformación refleja la conducción de nuestra política exterior.

Arrancando su mando echó atrás el reconocimiento al Estado palestino, hecho por el Gobierno Santos, en contravía de la razón. La elección de sus embajadores no ha sido la afortunada. Los últimos días del pasado año Duque firmó nombramientos que llaman la atención del mundillo burocrático: Ubeimar Delgado, exgobernador del Valle para Suecia, Ana Milena Muñoz de Gaviria, esposa César Gaviria, para Egipto, Pedro Valencia, hermano de Paloma Valencia será cónsul en Miami, María Claudia Mosquera, comadre de Álvaro Uribe, estará en Perú, Juan Camilo Valencia, hijo del exministro Fabio Valencia Cossio estará en Indonesia. Larga lista de uribistas desempleados, ahora probos diplomáticos.

Como si fuera poco, desde el Palacio de San Carlos la línea es guardar silencio por las condenas de colombianos en el mundo y ser indiferentes ante las súplica por repatriarlos, pero el nuevo Gobierno le colgó funciones jurisdiccionales a la Cancillería, y ahora dedica sus esfuerzos y recursos a mediar por un delincuente particular rogando su libertad ante autoridades gringas. Andrés Felipe Arias tiene a la Cancillería de agente oficioso.

Al no existir una política de Estado frente a la conducción de las relaciones exteriores, el país queda a merced de pagos burocráticos del Centro Democrático y al servilismo a los Estados Unidos, y por eso estamos de perros rabiosos del plan intervencionista a Venezuela de la mano del grupúsculo de Lima.

De ese nefasto papel queda la expulsión de un diplomático de la Misión venezolana en Colombia, Carlos Pino. Mientras la delegación del vecino país buscaba puentes de entendimiento con la Cancillería colombiana, como consta en los comunicados a la opinión pública, en la idea de reconsiderar el rompimiento de relaciones y evitar una inminente crisis social, humanitaria y económica en los departamentos fronterizos desde el próximo 10 de enero, el gobierno colombiano llamaba a Pino “espía”.

Se conoció la pasada semana, el rescate del ciudadano colombiano Luis Alfonso Lázaro Suárez, secuestrado por paramilitares en Colombia y llevado al vecino país. Allí fue liberado y arrestados los delincuentes. Autoridades colombianas no hicieron presencia en la frontera para recibir al connacional. Así de mezquino es el gobierno Duque.

En definitiva, tenemos una Cancillería caza “espías”, monedero burocrático para favores politiqueros y plataforma de agresión. Y un canciller exdemócrata subordinado de Pompeo. Va mal el país.

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