Desaprender

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Ilustración de @Cosmecastell.

Hernán Camacho
@camachohernan 

El machismo es una enfermedad cultural en incubación. Un lastre que se reproduce a diario y en todas las esferas de la sociedad. Tan grave es el machismo como la misoginia, el odio a la mujer por serlo. Esa combinación pone al país a liderar las tasas de feminicidios en el continente.

Aunque ya se legisló en contra y sobre el papel existe una institucionalidad obligada a erradicarlo, los resultados muestran la deficiencia en las rutas de atención y sobre todo de prevención de la violencia de género.

Cuando una mujer es maltratada recibe de la sociedad un señalamiento y de las autoridades silencio. La Unión Patriótica prepara un debate que mostrará, entre otras cosas, cómo en la mayoría de los casos de violencia familiar terminan en feminicidio, por mera desatención institucional.

Se está ante un patrón de comportamiento inaudito: cuando la Fiscalía no hace seguimiento e investigación a casos de violencia familiar donde se involucra a una mujer como víctima, generalmente terminan en feminicidio. La institucionalidad no es capaz de identificar el círculo de violencia y sustraer a la mujer de allí.

Es igual de importante evitar el círculo como romperlo. Del círculo de violencia se sustrae a la mujer al momento de desprenderla de la dependencia económica del agresor, con oportunidades laborales estables y remuneradas. Está comprobado que una mujer violentada se reconoce como ciudadana con derechos, y es capaz no solo de mantener la denuncia contra su agresor, sino de superar la afectación física y psicológica para empoderarse.

¿Cómo evitar el círculo? La política pública contra la violencia de género ordena, por ejemplo, al Ministerio de Educación emitir todas las medidas necesarias para que desde la escuela se prevenga. Hasta el sol de hoy no existe una directriz que modifique los pénsums académicos y se imparta una cátedra al respecto.

Pero no solo es la institucionalidad. Estamos ante un problema sustancial de la sociedad que se empieza a superar cuando no se aplauda, no se acepte, no se legitime, y se rechace privada y públicamente el machismo. Por eso no se me antoja replicar prácticas machistas en mi cotidianidad. Me avergüenzo de hacerlo. Quiero identificar el micromachismo y desaprender el lenguaje y las viejas costumbres, consientes o inconscientes que agreden.

El feminismo no es enemigo del hombre, la teoría de la emancipación de la mujer no es la enemiga de clase, ganar conciencia en sí y para sí, es la tarea de los comunistas para la nueva Colombia que será feminista. Eso no es cualquier cosa, es un paso cualitativo en busca de transformaciones. De hecho, no acepto que se diga que el machismo hace parte de una línea dura del marxismo y el leninismo, no. No al machismo es la tesis.

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