De libertad de empresa a la libertad de prensa

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Luz Marina López Espinosa
Alianza de medios

“Si no estáis prevenidos ante los Medios de Comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”, Malcom X

No es una novedad el tema de esta columna. Pero la perversidad de la que él trata, se renueva y pone de manifiesto cada que las convulsiones sociales nacidas de la injusticia, los atropellos y la ancestral violencia del Estado de los menos contra el llano de los más, sacan al periodismo de su mentirosa coraza de imparcialidad –“sólo comprometidos con la verdad”- y le revelan su esencial naturaleza: aparato ideológico de dominación del Estado de clases.

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¡Cuánto enseñan sobre ésto el paro campesino de la región del Catatumbo y el paro nacional agropecuario en curso en Colombia.

Si hay proclama manida y enarbolada hasta el cansancio en Colombia, es la de la libertad de prensa, la que supuestamente consistiría en ello, el derecho de decir la verdad, denunciando oprobios y vilezas sin ser coartados en esa misión ni perseguidos por ella. Pero claro, cuando se habla de ello, de no ser coartados ni perseguidos, no se está refiriendo a nadie distinto que al poder. Porque desde luego, esos agravios cuya denuncia reclama el fuero de la inmunidad que es en lo que consiste la sacrosanta “libertad de prensa” remite ineluctable, a conductas del poder. No de los desvalidos, ni de los desposeídos, ni de los marginales, ni siquiera de los rebeldes. Del Estado.

La garantía de la libertad de prensa se reivindica inclusive de una manera que se nos antoja extorsiva, abusiva al exceso. No puede el mismo Estado mencionar, insinuar siquiera alguna regulación legal y normal al ejercicio periodístico, algún impuestos a la industria como al común de actividades de los demás mortales, aranceles a la importación de papel o cuestión similar, porque se orquesta de una manera que harto evidente se hace obedece a intereses mercantiles, una frenética campaña nacional e internacional denunciando y alertando al mundo que en Colombia se vislumbra implacable la conculcación del más sacrosanto de todos los derechos, la libertad de prensa. Y por ese camino se invocan legislaciones, tratados internacionales y principios democráticos que serían brutalmente destruidos si se concreta una de las atrocidades que esboza el Estado, el simple algo de porte por el envío de la prensa.

Y es más: una cosa que suena tan poderosa, si no más que el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, una llamada Sociedad Interamericana de Prensa SIP, aparece en el escenario al grito de uno de sus afiliados, alertando al mundo entero sobre la inminente aniquilación de la democracia colombiana por el ataque aleve de que es víctima la libertad de prensa. Y claro, agrupadas todas las empresas comerciales que explotan la rica industria del periodismo de América en la tal Sociedad que es su organización gremial y que fiel a su naturaleza hace “lobby” en defensa de sus intereses empresariales, la alerta de la SIP resuena de inmediato en todos los medios del continente. Entonces, el aterrorizado funcionario, ministro del ramo cuando no presidente de la república o en el menor de los casos el vocero del Congreso si de lo que se trataba era de un proyecto de ley, sale a ofrecer rendidas disculpas ante esa Sociedad y ante “los agredidos”; ruega su indulgencia asegurando que todo fue un mal entendido, y hace juradas protestas de que el gobierno nunca jamás intentará gravar así sea con el IVA de la canasta familiar, el papel ni los fletes. Es decir, no volverá a dar la impresión de querer destruir la libertad de prensa en Colombia.
Hace apenas unas semanas los campesinos de la martirizada región del Catatumbo en el nororiente colombiano realzaron heroica gesta de un paro en toda la región para denunciar añejos atropellos y reclamar reivindicaciones mínimas de una vida digna. La respuesta del gobierno del presidente Juan Manuel Santos fue la brutalidad policial y militar con cuatro labriegos muertos y docenas gravemente heridos y mutilados con armas de largo alcance y no convencionales disparadas por la fuerza pública. Y en este episodio, la “libertad de prensa” en Colombia se hacía dolorosa y grotescamente patente: mientras los campesinos recogían sus muertos, sus mutilados y sus heridos, los medios todos al unísono alquilaban sus cámaras con amplísima cobertura, al general Palomino de la Policía responsable de la represión del campesinado, denunciando sus cincuenta y dos policías gravemente heridos por la acción criminal de los labriegos. Nadie nunca le hizo seguimiento a esos heridos: ¿murieron algunos, quedaron impedidos otros, perdieron algún miembro u órgano los de más allá? No. Mejor no menear esos asuntos tan políticamente incorrectos.

No dijeron los medios tampoco que los periodistas – en la acepción noble de la palabra, de los medios alternativos integrados por jóvenes sin recursos, sin infraestructura empresarial, largueza de medios ni la garantía de estar entroncados y al servicio del poder, sino afrontando todos los riesgos y con la sola asistencia de una cámara y modestos viáticos, que esos periodistas fueron objeto de sistemática, deliberada y especial violencia policial. Que lo diga si no la periodista de Prensa Rural Verónica Luna retenida y maltratada de palabra y obra por los policiales en Tibú, quienes le destruyeran la cámara y le robaron la memoria donde estaba los testimonio de los desafueros. Que lo digan los periodistas Freddy Henao de Telesur, Camilo Raigozo de Notimundo, Julio Pulido de Marcha Patriótica, insultados y amenazados con hacerlos objetivo militar. O el comunicador Fred Núñez del Colectivo Brecha quien puede perder un ojo por el disparo criminal de un tanque de gas en el rostro, a quien también le robaron su cámara. Y no era para menos la furiosa represión policial: fueron esos y esas jóvenes quienes dieron a conocer al mundo en vivo y en directo los estertores de los campesinos asesinados en la protesta, y los testimonios gráficos de los destrozos que las armas no convencionales disparadas por la policía produjeron en la humanidad de los protestantes.

Tampoco dijeron los medios de la “libertad de prensa”, que en el paro agropecuario en curso, este 20 de agosto, una sola organización popular, la Red de Medios Alternativos y Populares REMAP, fue objeto de la captura, maltrato y robo de sus elementos de seis de sus jóvenes miembros, Lorna Bierman, Milena Ricaurte, Camilo García Reyes, Alexánder Escobar, Fabián Passos y Steven Ospina, cuando cubrían la agresión policial contra los manifestantes en el corregimiento Presidente en la vía que de Buga conduce a Tuluá. Tampoco que allí mismo fueron capturados 4 defensores de derechos humanos del Comité Permanente del Valle y de la Red Francisco Isaías Cifuentes que acompañaban a la población.

Algún día se documentará y se tendrá como verdad inconcusa de la historia ya para los ciudadanos de ese momento, una de las vergüenzas más grandes del siglo que terminó y del que avanza: el periodismo como agresiva arma legitimadora de las guerras injustas que se libran en el mundo: desde la del golfo donde había que destruir una nación entera incluidos los vestigios del origen de la humanidad y la vida de un millón de seres humanos, hasta los reclamos de los ofendidos y humillados en cualquier villorrio del planeta. El poder que avasalla y oprime supo ya hace rato que la guerra hay que librarla ante todo en la mente de los ciudadanos, y a esa penosa causa sirve el periodismo. Por eso, no terminamos de sorprendernos ni nos acostumbramos, cuando vemos que los que nos parecen buenos son los malos y los que sentimos malos son los buenos. El agresor es el agredido, y la víctima el victimario. Y en pago de todo ello, la libertad de prensa. Digo de empresa.