Confesados

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Foto: Li Taipo via photopin (license)

Viendo tanta devoción y recogimiento se llega a pensar con cierto optimismo o ingenuidad que el mundo tiene salvación, que no está condenado a la barbarie y que no necesariamente se va a desbocar por los caminos de la insolidaridad y el egoísmo.

Foto: Li Taipo via photopin (license)
Foto: Li Taipo via photopin (license)

Jaime Cedano Roldán

No ha sido una semana santa como otra cualquiera. Este año hemos visto que muchos creyentes han sentido con mayor fuerza la presencia de su Dios y se han estremecido como nunca antes lo habían hecho ante el sacrificio de Jesús. Revivieron las torturas y la muerte como si fuera propia; sintieron asco del que se lavó las manos condenando al inocente y liberando al ladrón.

Este año se esmeraron en acicalarse con las prendas más finas en señal de respeto. Dejaron a un lado la tentación de las carnes, se confesaron y rezaron con la total entrega de sus creyentes corazones. Bueno, no sé si esta impresión de la semana santa que pasó es por haberla vivido atrapado en las procesiones de la ciudad de Sevilla y sus calles llenas de nazarenos, costaleros, mantillas y el incesante olor del incienso compitiendo con el del azahar que la entrante primavera está trayendo. Una maravilla ser testigo de estas celebraciones que involucran a creyentes y no creyentes y por supuesto a miles y miles de turistas.

Viendo tanta devoción y recogimiento se llega a pensar con cierto optimismo o ingenuidad que el mundo tiene salvación, que no está condenado a la barbarie y que no necesariamente se va a desbocar por los caminos de la insolidaridad y el egoísmo. Que las guerras van a cesar, los que huyen de las guerras van a encontrar refugio y los hambrientos un pedazo de paz para cada día. Pero la ilusión muere repentinamente. Entre los rostros más compungidos, tristes y adoloridos por el dolor del nazareno podían verse en los balcones más exclusivos de las calles más exclusivas por donde transitaban los pasos a buena parte de la dirigencia del Partido Popular y del gobierno, los fachas de Vox, empresarios desalmados y políticos corruptos.

Ellos hacen parte de ese vergonzante acuerdo de la Unión Europea que llena de oro las alforjas de un tirano para que sea el carcelero de los que huyen de las guerras; como en los tiempos de Barrabas impulsan el indulto a corruptos y son responsables del austericidio que ha condenado al desempleo, el hambre y la pobreza absoluta a millones de personas. Nos imaginamos que en Colombia los más compungidos hayan sido quienes se oponen a las negociaciones de paz y quieren perpetuar la guerra, la violencia y el terror. Imposible no señalar que en esta semana santa pasaron a un tercer plano las impactantes imágenes del drama de los llamados refugiados en medio también de las noticias de los atentados de Bruselas. Situación similar a la vivida con otras atentados criminales ocurridos y que tuvieron mayor cantidad de víctimas que los de Bruselas. Víctimas silenciadas. Ignoradas.

Un día lejano de octubre nos decía Mario Benedetti que le daba “vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre”. Una vergüenza que la humanidad entera deberíamos de sentir ante las imágenes terribles que nos llegan de Lahore, Moria, Idomeni y el Mediterráneo. Entonces algunos podrán confesarse sin mayores hipocresías.