Columna libre: Escollos a la paz

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Foto: Agencia Prensa Rural via photopin cc

Rodrigo López Oviedo

A quienes queremos la paz, los diálogos de La Habana nos han hecho vivir en una continua incertidumbre gracias a que así quieren que vivamos el proceso, en primer lugar, sus declarados enemigos, pero también los que buscan sacar de él los mayores réditos políticos.

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La primera estrategia ha consistido en el “secretismo”, que ha sido como Iván Márquez ha calificado el extremo confidencialismo a que el Gobierno ha querido reducir las conversaciones. El propósito de tal secretismo no es otro que el de ponerle sordina a las más de 200 propuestas presentadas por las FARC ante los problemas del agro y de la participación política, así como al “noísmo” que el Gobierno ha empleado para rechazar tales propuestas.

Esa estrategia secretista es la misma que ha utilizado para impedir la participación de la sociedad en los diálogos. Por fortuna, esta no se ha dejado silenciar, y en diversos foros ha emitido sus conceptos acerca de las esperanzas que le genera el proceso de paz. Buen ejemplo de ello lo constituyen las propuestas presentadas en los foros sobre al agro, la sustitución de cultivos y la participación política, que se realizaron en Bogotá a instancias de las Naciones Unidas y la Universidad Nacional.

Pero no es suficiente: Las mensajerías pueden ser buenas, pero no más que la actuación en cuerpo presente, y lo que hay que entender es que en nuestro conflicto está comprometido todo el cuerpo social, los más como víctimas, los menos como victimarios, y casi todos como sujetos negados al acceso de los más elementales derechos. Entonces, lo ideal sería la participación de representantes del todo, al menos para poder vivenciar dónde están los reales escollos, si en las FARC con sus propuestas, en el Gobierno con sus noes, o si lo que simplemente hay es desconocimiento de los avances alcanzados.

Pero otro obstáculo ha estado representado en el deseo del Alto Gobierno de resolver autónomamente cosas que deberían ser producto de los diálogos, como las relacionadas con el marco jurídico para la paz o los mecanismos de ratificación de los acuerdos. No obstante que este último aspecto es uno de los puntos más importantes de la agenda de La Habana, el Gobierno logró sacar unilateralmente del Congreso un acto legislativo que le permite hacer coincidir con elecciones parlamentarias o presidenciales el referendo para validar los acuerdos, a sabiendas de que este no es el mecanismo más acogido por los delegados guerrilleros.

Ojalá los apuros electorales de Santos no le empañen más su cerebro, que con la opacidad hasta hoy demostrada ya es suficiente, y asuma responsablemente el compromiso de devolvernos la paz.