Diana Carolina Alfonso

George Floyd fue asesinado el 25 de mayo en Minessota, Estados Unidos. Este suceso ha desatado una ola movilizaciones sociales contra el racismo y la brutalidad policial en todo el mundo. La repuesta de Donald Trump, el presidente norteamericano, fue mostrarse públicamente con la policía y además sacar al ejército a la calle para reprimir las movilizaciones antirracistas. Es importante recordar que el gobierno norteamericano ha invadido militarmente toda la periferia mundial, con la excusa de la protección a la democracia y la paz social, incurriendo constantemente en actos racistas y todo tipo de violaciones contra los derechos humanos.

En Latinoamérica el dominio neocolonial de los Estados Unidos se ha perpetrado con atropellos constantes a las soberanías nacionales, por medio del asesinato selectivo y las violaciones a mujeres e infancias. México fue la primera víctima de la tristemente célebre doctrina Monroe (léase América para Estados Unidos). Entre 1846 y 1848 la nación del Tío Sam llevó a cabo una guerra contra el país latinoamericano, donde éste último perdió casi la mitad de su territorio (Texas y California). La herida colonial al sur del Río Bravo supura con la sangre de las mujeres asesinadas. Ciudad Juárez es hoy una de las metrópolis con mayores tasas de femicidio en toda Latinoamérica.

En la actualidad Haití y Colombia son dos casos paradigmáticos para entender el dominio norteamericano en sus prácticas coactivas, patriarcales y neoliberales. Lejos de defender la democracia, los abusos del patriarcado militar norteamericano han instituido formas concretas de dominación sobre los cuerpos de las mujeres de estos países.

Tras la firma del Plan Colombia, al menos 53 niñas colombianas fueron violadas por soldados y contratistas de EE.UU., quienes además grabaron los abusos y vendieron los videos como material pornográfico, según denuncia el «Informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas».

Los vínculos de impunidad entre el ejército colombiano y las fuerzas de seguridad norteamericanas han impulsado prácticas pederastas al interior de las comunidades. En los últimos días siete militares colombianos admitieron haber violado a una niña de 13 años de la comunidad embera.

Según Malka Orozco (militante de Colombia Humana, residente en Argentina) las instituciones del Estado Colombiano siguen perpetuando crímenes de lesa humanidad en un contexto de guerra. En Colombia, según datos del Centro Nacional de Memoria Histórica, se registran más de 24 mil delitos contra la libertad e integridad sexuales en el marco del conflicto armado. Teniendo en cuenta que el conflicto se ha extendido por más de 70 años, las cifras oficiales tendrían que multiplicarse exponencialmente.

En Haití la intervención militar y económica norteamericana también ha generado un contexto propicio para la explotación sexual de mujeres e infancias. Los militares extranjeros de las tropas de la ONU y el ejército norteamericano, aún no han respondido por las violaciones masivas cometidas durante las casi dos décadas de su incursión en el país antillano. Mientras tanto la población haitiana les responsabiliza de fomentar la mercantilización de la niñez y las relaciones sexuales.

El crecimiento de la prostitución forzada es consecuencia de la miseria impuesta por las naciones injerencistas de la MINUJUSTH. Desde entonces las enfermedades de transmisión sexual se suman a las plagas del contacto imperial, como lo fuera el brote de cólera en el 2010 cuando varones de las tropas nepalíes defecaron en las riberas del río Artibonito, la mayor fuente acuífera del país. En Haití la presencia norteamericana es responsable, por demás, de la insostenibilidad económica y la corrupción. Uno de los efectos de la escasez estructural en el país antillano es el llamado fenómeno restavek.

En las palabras de Daphnée Joseph (militante feminista haitiana residente en la ciudad de Buenos Aires) el fenómeno restavek es consecuencia de la pobreza de las clases rurales, quienes se ven obligadas a dar a sus hijos e hijas en adopción para el trabajo doméstico. Estos niños trabajan en condiciones de semiesclavitud y en muchas ocasiones son abusados sexualmente. Huelga recordar que Estados Unidos inhabilitó la soberanía alimentaria haitiana, obligándole a consumir artículos de sus redes comerciales. El cercenamiento de la capacidad de autoabastecimiento ha instaurado relaciones de extrema dependencia económica, generando la muerte por inanición de miles de familias campesinas.

En el blog de la autora https://historiaygeopolitica.wordpress.com/2020/06/26/colombia-y-haiti-militarismo-colonialismo-y-violencia-sexual/

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