Carlos Lozano Guillén: “Hay enemigos de la paz dentro y fuera del Gobierno”

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Entrevista con Carlos Lozano Guillén, director del semanario comunista Voz, dirigente del Partido Comunista Colombiano y uno de sus principales voceros, especialista en los temas de la paz con las guerrillas. Dicen que su intervención fue muy importante para que se dieran los diálogos de La Habana con las FARC

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Lilia Martelo

Lilia Martelo: ¿Por qué no se cumplió la fecha del 23 de marzo pasado, aprobada en septiembre de 2015 por el presidente Juan Manuel Santos y el jefe de las FARC-ep Timoleón Jiménez, para firmar el acuerdo de paz?

Carlos Lozano: Porque, así parezca de Perogrullo, no hubo el acuerdo sobre todos los puntos de la agenda, incluyendo los pendientes en los ya aprobados de forma parcial. Y como reza en el Acuerdo de La Habana: “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. Este principio lo aportó el Gobierno Nacional y debe cumplirse. Mientras exista un solo desacuerdo no están dadas las condiciones para la paz estable y duradera.

L.M. Quiere decir que se presentó una crisis o al menos así lo leo en algunos medios, que plantean la no firma del acuerdo como una tragedia, casi que como la derrota a la paz o el fracaso de la misma.

C.L. Bueno por lo que he leído y escuchado en las declaraciones de los comandantes de las FARC-ep y del propio Timochenko, no hubo ninguna crisis, simplemente no se llegó al acuerdo de los dos puntos finales: Fin del Conflicto e Implementación, Verificación y Refrendación. En boca de Humberto de la Calle Lombana y de Iván Márquez, jefes de las dos delegaciones, existen aún diferencias de fondo que no permitieron cerrar esos dos puntos como fue el propósito de las dos partes, que no significa crisis sino desacuerdos que se pueden resolver por la vía del diálogo y de darle el tiempo razonable a la discusión entre las dos partes. A estas alturas se ha demostrado la voluntad de las dos partes para llegar al acuerdo final. Lo que sucede es que hay discrepancias de fondo, son contradicciones entre dos protagonistas que tienen cosmovisiones distintas sobre el conflicto, de su origen y de su desarrollo y aun de los factores fundamentales para superarlo. Creo que fue lo que no tuvo en cuenta el presidente Santos al plantear la fecha del 23 de marzo.

L.M. Un momento, pero Timochenko también la planteó o la respaldó.

C.L. Es cierto. La fecha del 23 de marzo fue presentada por Santos y Timoleón en el ambiente de satisfacción por el acuerdo sobre víctimas el 23 de septiembre del año pasado. Ocurrió que la delegación gubernamental, cumpliendo orientación del Presidente, abrió de nuevo el debate sobre el acuerdo de víctimas con el argumento de que era necesario hacer reajustes y en el fondo lo que hubo fue modificaciones a la versión original, debido a las presiones de los enemigos de la paz y de parte del establecimiento. Por fortuna lo esencial del acuerdo con relación a la justicia restaurativa, al mayor universo de los victimarios y a la responsabilidad de cada quien en el conflicto, así como a tener en el centro del mismo a las víctimas, se mantuvo. En el fondo fue un buen acuerdo, pero que se llevó dos meses más, después del anuncio con bombos y platillos en La Habana con la presencia de Juan Manuel Santos, Raúl Castro y Timoleón Jiménez.

L.M. O sea que se perdió tiempo precioso para cumplir la fecha del 23 de marzo.

C.L. No lo digo yo sino una de las partes, los voceros de la guerrilla de las FARC. Y no diría que se perdió tiempo porque fue útil para clarificar lo relacionado al acuerdo de Víctimas, pero también reveló la debilidad del gobierno que está sometido a la enorme presión de los enemigos de la paz dentro y fuera de este.

L.M. ¿De verdad usted cree que hay enemigos de la paz dentro del Gobierno?

C.L. Por supuesto que lo creo. El Establecimiento y los partidos de la Unidad Nacional han sido mezquinos con el presidente Santos, no le han dado todo el apoyo que se requiere para sacar adelante el proceso de paz. En los momentos difíciles no todos rodearon a su mandatario, lo dejaron solo en varias oportunidades, hasta el punto que la reelección la logró Santos, en segunda vuelta, gracias al apoyo de la izquierda.

L.M. ¿Pero quiénes no lo apoyan?

C.L. Tiene dificultades con los mandos militares. Un sector de ellos está con Uribe, le filtra información de inteligencia y puntos confidenciales que son de la esfera gubernamental; pero además el Partido Conservador y Cambio Radical no acompañan al presidente Santos en su política de paz; y en la U y en el Partido Liberal hay mucho timorato indeciso frente a la solución política dialogada. Y en el establecimiento hay un sector de la oligarquía que quiere la paz gratis, sin negociación, impuesta a una guerrilla que no está derrotada. No acepta las reformas políticas y sociales. Hay otro sector que en definitiva no la apoya, está con el uribismo guerrerista.

L.M. ¿Cómo vio el espaldarazo de Obama a los diálogos de La Habana?

C.L. El pronunciamiento del presidente Barack Obama de respaldo a los diálogos y la reunión del Secretario de Estado John Kerry con la delegación de las FARC-ep fueron aspectos significativos, históricos. De alguna manera es el reconocimiento a la existencia del conflicto y al carácter político de la insurgencia. Estados Unidos tiene una enorme deuda con el pueblo colombiano, ayudó a financiar la guerra, elaboró planes contrainsurgentes y anticomunistas para eliminar al “enemigo interno”, es corresponsable con el Estado colombiano de la depredación de los derechos humanos y de la degradación del conflicto, ahora le corresponde saldarla contribuyendo a la paz. Eso sí el camino no es la herencia del Plan Colombia, el llamado Paz Colombia, que no colma las expectativas de ponerle fin al belicismo y a la militarización del país. Faltan gestos del imperio como la liberación de Simón Trinidad, preso político y víctima de un desafuero judicial y suspender la asesoría militar y los planes contrainsurgentes y de seguridad nacional en Colombia. Ni más ni menos.

L.M. y volviendo a lo anterior ¿Cuándo cree que se podrá dar el acuerdo? El presidente Juan Manuel Santos habla de nuevas fechas.

C.L. El presidente se equivoca en pretender nuevas fechas y plazos. El tiempo es el razonable, que no es eterno pero sí el estrictamente indispensable para un acuerdo digno para el país, para el Gobierno y para la guerrilla.

L.M.¿Y cree que en La Habana hay condiciones para ello?

C.L. Claro que sí. Se ha avanzado bastante, existen demasiados gestos de buena voluntad y de compromiso de llegar hasta el final. Se han superado duras pruebas como el asesinato de Alfonso Cano y otros momentos de crisis en la fase pública, es la demostración de que el proceso está maduro para llegar hasta el final sin dañarse. Hay que tener paciencia, mucha paciencia. Cuando empezó la fase pública en Oslo, después de escuchar las dos intervenciones contrapuestas de De la Calle y Márquez, quedó claro que no iba a ser fácil ni rápido. Paz exprés no la hay. La paz debe ser con democracia y justicia social y el establecimiento está feliz con la caricatura de democracia y las condiciones sociales de privilegio del capital que es lo que les permite perpetuarse en el poder económico y político.

L.M. Todos esperamos que así sea pero esos diálogos parecen estar en la cuerda floja…

C.L. Así parece a ratos por la campaña mediática, por la desinformación de los grandes medios de comunicación. En Colombia debe abrirse un debate sobre el nefasto papel de estos instrumentos de fabricar opinión, de falsificar la realidad y de buscar su poder mediático.

L.M. Pero no todos los medios actúan igual.

C.L. No todos, hay unos más decentes, pero en su mayoría son medios que pertenecen a poderosos grupos económicos con intereses muy especiales, económicos y políticos, que se consideran los dueños de la verdad y abusan del poder que tienen y de la llamada libertad de prensa que es válida y pertinente solo para ellos. Es la libertad de empresa. Son las normas del capital, la dictadura del capital que arrasa con los derechos de la sociedad y coloca en situación precaria a la democracia.

L.M. ¿Usted cree que habrá luz al final del túnel?

C.L. Es que ya salimos del túnel. Creo que se va a llegar al final, a la firma del acuerdo, pero el gobierno y la clase dominante deben entender que es necesario agotar la agenda y ello incluye los pendientes, las reformas políticas y sociales, que son las más importantes, es donde radican las causas del conflicto que deben removerse para superarlo. Implica llegar a ese feliz momento, por supuesto, ponerle coto al paramilitarismo, desbordado y criminal.

L.M. Pero ¿cómo puede hacer el Gobierno para acabar el paramilitarismo? Eso toma tiempo.

C.L. El Gobierno por lo menos debe empezar por reconocer su existencia. Niega que el paramilitarismo sea una realidad cuando se extiende por todo el país ante sus narices. Dice que son simples Bacrim y sin relación con el fenómeno paramilitar. En estos días los calificó de posdesmovilizados. Eso ¿qué es? ¿Qué significa? Son eufemismos que buscan ocultar el problema. Es paramilitarismo, herencia del anterior, son nuevos rasgos y particularidades, pero ligado a las anteriores “AUC”, con sus mismos nexos. La misma criatura del Estado. Mire usted en estos días del llamado paro armado paramilitar. Hicieron lo que se les dio la gana sin la mayor intervención de la fuerza pública. El Ejército y la policía no aparecieron como si se hubieran sumado al paro. El Esmad no fue enviado a las carreteras como cuando hay movilizaciones populares; el Ejército no intervino para proteger el orden público y a los ciudadanos, como suelen decir. ¿Por qué esa impunidad? ¿Por qué esa complicidad?

¿No le parece que es demasiada coincidencia la movilización uribista del 2 de abril con el paro armado? (Por favor yo no opino, yo hago las preguntas, risas). Pero a mí si me toca responder y asumir el chicharrón. Pero así es. En Quibdó atentaron contra Piedad Córdoba a la luz del día, luego de haber sido insultada por exaltados uribistas y el gobierno niega el atentado. ¿Qué significa eso? Combatir el paramilitarismo no es un asunto de retórica ni de anunciar recompensas en dinero. Es cortar de raíz todo vínculo de esos grupos con agentes del Estado, con la Fuerza Pública, con políticos regionales, empresarios, en particular ganaderos. De eso se trata. Es un problema de voluntad política y el gobierno hasta ahora no lo demuestra. Ni siquiera les tiene una propuesta de sometimiento a la justicia.

L.M. Es buena la noticia de la apertura de diálogos con el ELN ¿no le parece?

C.L. Sí claro, muy buena, ya era hora. Creo que el gobierno se equivocó porque subestimó a los elenos, que es una guerrilla que no tiene el tamaño de las FARC, pero si es una realidad histórica del país. Todos esperamos que el gobierno asuma con seriedad el diálogo, le dé un trato respetuoso y busque una paz digna, en el entendido que algunos temas de La Habana el ELN los podrá asumir como de ellos.

L.M. ¿Qué diferencias hay entre ellas?

C.L. La más importante es en el origen. Las FARC tienen origen en las luchas agrarias en la década de los años cuarenta y en la resistencia a la violencia terrorista de la dictadura conservadora de Mariano Ospina Pérez, responsable del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Asumió la guerra de guerrillas y la lucha política por el poder ante la precariedad de la democracia, la violencia del poder dominante y la injusticia social. El ELN surge al calor de la Revolución Cubana, bajo la influencia de la lucha armada en varios países del continente, sin hacer abstracción de la realidad política y social colombiana que también la tuvo. Entre ellas hay bastantes similitudes pero también diferencias. Hubo etapas hasta de enfrentamientos entre ellas. De alguna manera el ELN no fue ajeno al anticomunismo en sectores de la izquierda.

L.M. ¿Cómo se imagina el posconflicto?

C.L. Prefiero llamarlo el posacuerdo. El conflicto seguirá porque los acuerdos de La Habana no resuelven la contradicción fundamental del capital entre la forma privada de la apropiación y la forma social de la producción; las contradicciones entre el capital y el trabajo continúan, así como las necesidades de un pueblo por una clase burguesa plutocrática que solo busca sus ganancias a expensas del sacrificio de la mayoría de la población.

Por eso me imagino el posacuerdo en medio de contradicciones y luchas sociales y populares, con la característica que se realizarán en nuevas condiciones democráticas. Supone, entonces, la unidad de la izquierda y de los sectores sociales y populares para buscar el poder, un nuevo poder democrático y de justicia social. No tiene sentido que la paz con democracia y justicia social la gobiernen los mismos, bajo el statu quo de la vieja dominación capitalista.
Me imagino el posacuerdo sin conflicto armado, sin la violencia que ha caracterizado la historia republicana desde cuando la clase dominante burguesa se apoderó del Estado para usufructuarlo en su beneficio y se apoyó en la violencia. Ello generó el surgimiento de las guerrillas revolucionarias que se enfrentaron con violencia a la violencia del poder. La paz debe desterrar la violencia del ejercicio de la política y de la lucha social. No más políticas represivas de “seguridad nacional” ni de “seguridad democrática”, ni anticomunista, no más persecución ni genocidio contra la izquierda, no más estatutos de seguridad ni nada que se le parezca. Así debe ser el posacuerdo si se implementan las decisiones de La Habana con las FARC y de los diálogos con el ELN.

* Magister en comunicación social
Bogotá 2 de abril de 2016