Camilo, un dos de bastos

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Camilo Castellanos cuyo nombre y apellidos no estarán en parques ni avenidas, aeropuertos, calles, edificios, museos ni iglesias porque desde mucho antes trascendieron esas nimiedades, desde el Cinep, Opción, Ilsa, el Centro distrital de la memoria, Dos de Bastos, Vamos por la paz, como Camilo Torres, solo deja su vida como testimonio de vidas posibles, necesarias para el hombre nuevo, para que hombres y mujeres comunes continúen la tarea de construir una nueva sociedad

Álvaro Córdoba Obando – Corporación Nuevo Arco Iris

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozará en el alma… ¡Yo no sé!
Cesar Vallejo – 1918

Solemos atribuirle a los muertos virtudes extraordinarias para hacer menos dura la insoportable pena que nos agobia o el dolor que nos causa la implacable certeza de su ausencia, la angustia de sentir que no volveremos a verlos nunca más; una forma poco respetuosa con los muertos y con los vivos es idealizarlos, santificarlos, mitificarlos y petrificarlos como una estatua, una mole de cemento donde cagan las palomas, un monumento mostrenco que corroen el tiempo, el olvido, y la indiferencia, antes que reconocerles su condición humana demasiado humana. Nada más contradictorio para alguien que odiaba esos cultos a la personalidad, esas sociedades del mutuo elogio, la hipocresía hecha virtud y norma de urbanidad al estilo de Carreño.

Por lo tanto, basta con recordar, (volver a pasar por el corazón) aquellos momentos significativos de la experiencia vital del momento y el lugar adecuados en que los seres humanos frágiles y finitos cruzan por nuestra vida como estrellas fugaces, sin demora, sin perder el tiempo, sin parafernalias que suelen distraer y confundir al sujeto y su predicado en una sencilla oración en la que se conjuga la vida de un eterno presente que amarra inextricablemente el presente de las cosas pasadas y el presente de las cosas futuras (anticipación) en un estar siendo como dice Ricoeur en su Tiempo y Narración en el Relato Histórico, guardar viva la experiencia de esa manera sutil y discreta de estar en la vida y tener claro el propósito, el sentido, la tarea, para no consumir oxígeno inútil e irresponsablemente en una existencia vacua.

Éste es uno de esos seres a quien no necesitamos tenerlo al lado “24/7” por el resto de nuestras vidas, como un tutor perpetuo que vigila y orienta nuestros pasos, para que hayamos llegado a ser eso que somos, y que podamos, entonces, comprender mejor, ahora, veinte o treinta años después, cuando él ya no está, cómo hemos llegado a ser lo que somos, según la Hermenéutica del Sujeto de Michel Foucault, porque en esa sencilla y discreta manera de ser y estar en el mundo nos marcaron el alma para siempre, sin eternas lecciones de moral ni buenas costumbres, sin grandes tratados de ética o filosofía, sin la soberbia del conocimiento, sin la vanidad de las auras de sabiduría o santidad compradas en piñaterías, sin los ridículos accesorios del poder, sin la odiosa estupidez de la fama y el protagonismo, porque todo eso, quizás es la evidencia de un complejo de inferioridad que debemos superar, desterrar de nuestra subjetividad sujeta y colonial-izada, estereotipos de un modelo-sistema-mundo que nos vendieron como único-inamovible y al cual renunciamos para construir un mundo donde quepan muchos mundos así se nos vaya la vida entera.

Este personaje no predica, no hace de sus creencias una religión, una iglesia, una institución, un discurso bien montado para cotizar en el mercado como un brillante coach, intelectual, analista, escritor, consejero y asesor espiritual, amigo de los amigos del poder, que difunde a los cuatro vientos las fotos de sus asados en su nueva finca para decirnos que le habla al oído a los “grandes” tomadores de decisiones, un “influencer” venido a más de repente, un lagarto con honoris causa en lobby y cabildeo. Tampoco chicanea patéticamente de su inmensa capacidad para incidir en las altas esferas del poder, porque ha entrado al olimpo y departe con los dioses, como uno más de la tribu su prodigiosa condición o naturaleza, que disimula su envidioso, morboso e irresistible deseo ser como ellos. ¡No!, al contrario de ese ideal olímpico de ascenso y superación, este personaje con puros rasgos chibchas, busca, construye, hace camino hacia abajo, más cerca y más lento, adentro, en su cuerpo como su único territorio, su única patria sin dios ni ley y eso es ya bastante.

Así lo conocí, hablando pausadamente a jóvenes campesinos venidos de todas partes a una casa inmensa del centro de Bogotá, mostrando sus análisis de estructura y coyuntura política (marxismo para principiantes), explicando didácticamente la forma en que los hace, sus métodos, entregando generosamente las herramientas, mostrándonos la disciplina con la que se forma un activista y un militante para toda la vida, si la fe, las convicciones, ideales y las luchas son verdaderas, lo que pudo haber sido, tal vez, su más genuina recompensa, yo no sé.

Lo encontré escribiendo, comunicando, debatiendo con las diversas izquierdas de los ochenta, integrando perspectivas, facilitando el encuentro y los puntos básicos comunes para la convergencia en la acción; ayudando en los tiempos difíciles (es decir, siempre) a quienes sobrevivieron la persecución del Estado (y sus mensajeros de la muerte, con uniforme e insignias o disfrazados de cualquier cosa); cuidando activistas que buscan el exilio para salvar sus vidas que es lo único que les queda. Disfrutamos viéndolo preparar una cena por puro gusto y gana para una pareja de jóvenes que se amaban furtivamente fuera de los preceptos, las religiones, la mojigatería y las dobles o triples morales, nada especial; mientras preparaba los ingredientes en la cocina de una casa vieja del centro de Bogotá les enseñaba cómo se prepara unas deliciosas pastas a la boloñesa y cómo tomar el vino tinto para conversar y no para emborracharse, mientras se escucha buena música; picando finamente el ajo para sazonar el aceite, alborotar todos los sentidos y el gusto por la cocina tanto por la comida; un ateo que alentaba la fe sin dar buenos consejos, un comunista que no hacía escándalo de su condición de buenagente, cada vez más extraño en este mundo atravesado por los estereotipos de bienestar y progreso que nos imponen como política y religión. Generoso y tierno, radical e intolerante ni más ni menos que cualquier ciudadano promedio medianamente informado, medianamente coherente con sus principios, su libertad y su conciencia, crítico y agudo en sus análisis y comprensión de la realidad, sin darle vueltas al asunto, sin irse por las ramas. Una forma de vida, un estilo y una manera de ser que nadie envidiaba, por lo tanto, más sutilmente poderosa y más efectiva en medio de tanta rapiña por la figuración y el protagonismo, de intrigas y artimañas por el poder, obsesiones enfermizas de las que se había curado muy temprano, pero que no dejaban de sorprenderlo y entristecerlo a veces, cuando se frustraban y abortaban –una y otra vez– los intentos por articular y unificar la izquierda colombiana.

La última vez que nos vimos, mientras tomamos un café en cualquier parte, conversamos del Dos de Bastos, la carta menos valiosa en los naipes, si, la más barata, la menos importante, la perdedora, la que se descarta, por la que nadie apuesta cinco centavos, como símbolo de su apuesta editorial para los que están fuera del sistema, fuera del top ten en las librerías, que no son los best sellers de los supermercados, los preferidos de las editoriales “más grandes”“más buenas”“más importantes”, los que no serán pirateados para venderse como arroz en las calles, como películas de mil pesos, o dulces en los buses, lo que recuerda su buen humor, sarcástico, su fina ironía que obligaba a estar en la jugada, su mordacidad y agudeza en su argumentación, su Opción por los excluidos, por los que no entran a los clubes, por los que no son amigos de los amigos del poder, ni esperan serlo y no quieren serlo.

Camilo Castellanos cuyo nombre y apellidos no estarán en parques ni avenidas, aeropuertos, calles, edificios, museos ni iglesias porque desde mucho antes trascendieron esas nimiedades, desde el Cinep, Opción, Ilsa, el Centro distrital de la memoria, Dos de Bastos, Vamos por la paz, como Camilo Torres, solo deja su vida como testimonio de vidas posibles, necesarias para el hombre nuevo, para que hombres y mujeres comunes continúen la tarea de construir una nueva sociedad, de seres humanos solamente humanos, emancipados y auténticos, singulares y únicos, sin formatos estándar ni estereotipos, sin uniformes ni subordinaciones, sin miedos ni complejos de inferioridad, sin cobardía, sin tanta prudencia cómplice con lo intolerable. Deja un mensaje con la voz entrecortada como quien no quiere despedirse, agradeciendo las buenas energías que muchos le enviaron esa mañana de miércoles. Se fue luchando terca y esperanzadamente por la paz mayúscula y completa. Ahí quedan sus ideas sin retórica barroca y sin apariencia de inteligencia metafísica superior, ahí queda él en lo que fue su vida y en el pedazo de indignación y sensibilidad que despertó en sus interlocutores y contertulios, en los jóvenes de unas tantas generaciones que tuvieron la fortuna de tenerlo como compañero y maestro, en los individuos y colectivos participantes de sus cursos, talleres y charlas, cuyos “impactos” no aparecerán en los informes ni estadísticas que se envían a los financiadores europeos de proyectos para la suciedad civil. Ahí estará en la discreción con la que unos y otros seguirán respirando juntos despacito, conspirando contra el miedo, contra la infamia, contra la injusticia de una sociedad cruel e indolente, contra la hipocresía y la mediocridad de nosotros mismos, contra el afán de poder que destierra el amor libertario, contra el tirano donde quiera que esté. Se fue Camilo, y nos deja estrujado el pecho para que sensibles y radicales revisemos lo que somos y cuidemos de nosotros (epimeleia), para que, sin pereza y sin pausa sigamos caminando con la certeza espiritual que fue su habitar entre nosotros como un mortal común y corriente, ni sacerdote, ni pastor, ni líder, ni gurú.

¡Hasta Siempre Swami Camilo!

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