Caballería ligera: Víctima de su política

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Foto: danny.hammontree via photopin cc

José Ramón Llanos

Pocas personas pueden permanecer insensibles ante la tragedia que enluta a las familias estadounidenses víctimas de las bombas que estallaron en la Maratón de Boston. Sin embargo, algunos habitantes del mundo árabe pueden ver en esos actos demenciales el castigo de Alá al gobierno de Estados Unidos que tanta violencia ha instrumentado contra los pueblos del llamado anteriormente Tercer Mundo.

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Ningún acto terrorista es comparable en sevicia e impresionante frialdad, como los cometidos contra el pueblo de Vietnam, que legítimamente luchaba, inicialmente contra el coloniaje francés y finalmente luchaba contra la separación de las provincias del sur y las del norte, propiciada por los intereses imperialistas. Hasta Walter Lipman, destacado periodista americano, se opuso a la guerra de Vietnam y cuestionaba el uso de los bombardeos contra la población civil de esa nación.

Cuando todos creíamos que la paliza recibida por el ejército americano, en el país asiático constituiría una perdurable lección a sus gobernantes guerreristas. La familia Bush sorprendió al mundo con la insania de los ataques a Irak.

Para evitar otra derrota en sus aventuras colonizadoras y expropiadoras de las riquezas ajenas, invirtieron miles de millones de dólares en el desarrollo de tecnologías de la muerte, con lo cual la superioridad en los instrumentos bélicos le garantizan someter al país objeto de su codicia, con pocas bajas en su tropa. Así sucedió en Irak, diezmaron su población y causaron daños irrecuperables al patrimonio de la humanidad con la destrucción de invaluables documentos y obras arquitectónicas prehistóricas, con los bombardeos de precisión milimétricas de su aviación.

Barack Obama, el terrorista mayor, cotidianamente ordena asesinar en cualquier parte del mundo con los drones a alguien que sea señalado como un potencial o real cuestionador de la política imperial. Con esas acciones multiplican las personas que tienen plena justificación para vengarse, infortunadamente en ciudadanos americanos cuya única responsabilidad en los desafueros de sus gobernantes es no romper la manipulación mediática que los convierte en sus cómplices, por su actitud contemplativa.

Los genocidios ordenados por los presidentes de Estados Unidos son tan injustificados que los soldados obligados a realizarlos terminan siendo ellos mismos víctimas de sus acciones porque, cuando vuelven a su país, las medallas y condecoraciones recibidas se les convierten en baratijas impotentes para evitar que se suiciden o terminen enloquecidos asesinando niños inocentes e inermes en las instituciones escolares. Los Estados Unidos dejarán de ser blanco permanente de los terroristas cuando sus presidentes dejen de utilizar el genocidio como instrumento de su política internacional de conquista y expoliación.