Bicentenario: ¿Qué se deplora?

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Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

El artículo explica cómo la violencia actual y los asesinatos de los líderes sociales, son la herencia que dejaron las élites colombianas del siglo XIX

José Ramón Llanos

En artículos publicados anteriormente planteamos la necesidad de, ante los doscientos años de la Batalla de Boyacá y sus consecuencias para la Independencia de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, que era necesario hacer un balance de los sucesos e instituciones formadas, especialmente en Colombia, desde los acontecimientos militares y políticos ocurridos entre  los años 1818 y 1821, cuando se consolida el triunfo libertario: Es necesario también hacer un balance de los eventos militares y políticos ocurridos posteriormente. Especialmente la concreción del ideario bolivariano y la naturaleza de las instituciones que debían responder por la realización de su contenido democrático.

Ese balance no solo debe incluir la gesta libertadora, sino también las acciones de las élites que asumieron el poder mientras Simón Bolívar continuaba las batallas para consolidar la Independencia allende las fronteras de Colombia. Durante la vicepresidencia de Santander se dieron las primeras manifestaciones y manipulaciones de las élites para adecuar el aparato estatal en su beneficio, especialmente el diseño del sistema impositivo. Para poder pagar impuestos muy bajos, trataron de sabotear la campaña de Bolívar en Perú y así no tener que gastar en la tropa y en armamentos. Es de todos conocida la respuesta que tuvo que darle Santander a las peticiones urgentes de Bolívar desde Pativilca: el Congreso no permite que los dineros disponibles  se pueden utilizar en Perú, por tanto se debe  procurar otro préstamo.

Como en ese período hubo hechos que incidieron negativamente en la vida del Libertador y que tuvieron efectos lesivos en la democracia, en la utilización del poder de las élites gobernantes para apoderarse de la tierra, usufructuar los recursos públicos y excluir a la mayoría de la población, especialmente a los indios, y prolongar la esclavitud hasta los inicios de los años cincuenta del siglo XIX, decidimos no solo escribir sobre los acontecimientos de conmemoración jubilosa, sino también sobre los procesos deplorables, de cuyo conocimiento deben surgir enseñanzas y orientar los compromisos políticos de la academia, los sectores progresistas y los objetivos de la lucha de los revolucionarios. En este artículo solamente destacaremos uno de los acontecimientos más deplorable ocurrido antes de la muerte de Simón Bolívar.

Los hechos deplorables

Los primeros hechos deplorables cometidos por las élites gobernantes relacionadas con el Gobierno de Santander, que además nos dejan una especie de herencia maldita, están relacionados con la corrupción y la utilización de la violencia para eludir el castigo de los autores de hechos punibles.

Cuando vuelve el presidente Simón Bolívar victorioso de Perú a Colombia, encuentra que las arcas oficiales están vacías y que a los funcionarios oficiales les debían los salarios de un año. Al indagar por el cuantioso préstamo conseguido en Inglaterra, se entera que había sido utilizado para pagarse lo que le debía el Estado a quienes gestionaron el préstamo. Además, sin autorización del Gobierno los gestores dejaron en depósito una cuantiosa suma de dinero en la Casa Goldsmicht, con dificultades financieras y esta institución posteriormente quebró, con la consecuente pérdida dineraria para el Gobierno colombiano. Otra parte del dinero inglés se utilizó para conceder préstamos a los comerciantes y a miembros de la fronda plutocrática de la Nueva Granada.

Además, los gestores del préstamos Manuel Antonio Arrubla, Francisco Montoya y Manuel Hurtado, este último a pesar de ser Ministro Plenipotenciario, recibieron comisiones tan elevadas, que afirma Indalecio Liévano lo siguiente: “Estas cantidades, sumadas, eran casi iguales, en la época, al Presupuesto de Educación del país”.1

Tal vez fue la primera vez en la historia de Colombia, que las élites hicieron mal uso de los dineros públicos, derivando beneficios con la compra de mercancías y vehículos inservibles. El mismo autor señala: “Bien pronto los puertos del Caribe aparecieron atestados de equipos y armas inservibles: de aparejo para la marina en cantidades exorbitantes y en estado tal de deterioro, que fue necesario dejarlos abandonados en los muelles por inservibles. De esta manera se gastó improductivamente parte del empréstito sin que el señor Hurtado tomara las medidas indicadas para evitar estos fraudes”.

Los pasquines y la conjura

Debemos añadir, que el vicepresidente Francisco de Paula Santander, tampoco hizo nada para evitar ese, repito, tal vez el primer fraude contra los dineros del estado debidamente documentado. Esa incapacidad o indiferencia o tal vez complicidad de Santander se constituyó en el punto de partida de los desencuentros entre el Libertador y Santander, desencuentros que terminarían en odios, que explican la inacción de este último para impedir la conjura contra la vida de Simón Bolívar.

La mirada avizora del Libertador identificó a los miembros de las élites del país beneficiaria y malversadora del préstamo y empezó a señalarlos ante el pueblo y a exigirle al vicepresidente Santander que respondiera por su negligencia en el manejo de esos dineros tan necesarios para resolver acuciantes problemas del país.

El vicepresidente Santander contribuyó a forjar una imagen negativa de Simón Bolívar en una parte de la sociedad de la Gran Colombia, financiando los periódicos de las élites corruptas antibolivarianas y distribuyéndolos por los canales oficiales.

Otra acción de Bolívar que le granjeó el odio de los terratenientes esclavistas, fue su insistencia en dinamizar la liberación de los esclavizados, mediante el decreto   del 28 de junio de 1827, orientado a proteger “la condición de los esclavos que de suyo son desvalidos”. En ese decreto determinó: “Todo lo que se deba de los fondos de manumisión… debe quedar cobrado dentro de un año”. Para darle un instrumento de acción política a los movimientos populares, creó una seccional de la sociedad Gran Caupolicán, tan activa en Perú.

Los Arrubla, los Hurtado, los González, los Vargas Tejada y otros miembros de la Sociedad Filológica iniciaron la sistemática campaña de desprestigio del Libertador, como una forma de eludir su responsabilidad en la malversación de los dineros del préstamo inglés. Como sus miembros eran muy numerosos para llevar a cabo la eliminación de Simón Bolívar, decidieron crear la Sociedad Secreta, integrada por comerciantes y potentados nacionales y extranjeros decididos a asesinar al Libertador.

Los encargados de reclutar a quienes se comprometieran a participar efectivamente en la conjura, fueron: Florentino González, Ramón N. Guerra, Mariano Guerra, Juan N. Vargas, Wenceslao Zuláibar, Luis Vargas Tejada y Juan Francisco Arganil. La historia nos contó como terminó aquella aventura magnicida. Esa conjura se constituyó en uno de los hechos más deplorables de estos fastos que en este año rememoramos.

1  Indalecio Liévano Aguirre, Razones socio-económicas de la conspiración de septiembre contra el Libertador. Biblioteca Venezolana de Historia. Caracas. MCMLXVIII., p13.

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