Balance crítico del mundial

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La selección de Francia celebra la victoria en la Copa Mundo de la FIFA en Rusia. Foto internet.

La final entre Francia y Croacia, lo bueno y lo malo y lo inocultable de Rusia 2018

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Pasados 32 días del acontecimiento más importante del fútbol, deporte que cautiva y enamora en proporciones inimaginables a los pueblos del mundo entero, el semanario VOZ proporciona este balance, en clave crítica, de lo que fue el mundial no solo en su aspecto deportivo, sino también en su aspecto económico y político.

La final

La ciudad de Moscú fue la encargada de cerrar el telón de la Copa Mundo de la FIFA en Rusia 2018. El pasado 15 de julio en el estadio de Luzhnikí el mundo entero aclamó a la joven selección de Francia como campeona y a la combativa selección de Croacia como subcampeona. Una final que no estaba en las cuentas ni de la FIFA, ni del periodismo, ni de nadie.

Son por lo menos tres referencias atípicas que estuvieron en el fondo del juego Francia vs Croacia. La primera es que la composición de los seleccionados tiene la particularidad de tocar dos problemas complejos en la realidad europea: la migración y los nacionalismos. El más visible es el caso francés, donde de los 23 futbolistas, 16 de ellos tienen origen africano, haciendo del cuadro galo un equipo esencialmente de migrantes, algo que resulta paradójico teniendo en cuenta los problemas de racismo y xenofobia que persisten en un grueso de la población francesa.

Para el caso croata, la generación comandada por Modric, es la generación que creció con la cruenta guerra que desintegró a Yugoslavia y que hizo del pueblo croata un Estado independiente. El fútbol en Croacia no sólo es un articulador de comunidad sino una expresión elevada de un nacionalismo que se nutre, aún hoy, de la expresión más radical de la extrema derecha europea, la ustacha. Los escándalos protagonizados, primero por los jugadores Dejan Lovren y Šime Vrsaljko cantando himnos que se consideran apología al fascismo, y después por Dogamoj Vida con un “Gloria a Ucrania” expresión nacionalista en el conflicto por Crimea; ejemplifican que el fútbol, con sus jugadores como principales protagonistas, toca las fibras de la realidad social por más que la FIFA quiera despolitizarlo.

La segunda referencia es que la final desarrollada en Rusia 2018 no fue final de favoritos. Aunque Francia estuvo en el abanico de posible sorpresa debido a su aparente falta de experiencia, siempre estuvo inferior en los cálculos del periodismo que daban a Brasil, Argentina, Alemania y España como los llamados a lograr la épica del mundial, pronóstico que a la postre terminó siendo un fracaso. Por supuesto Croacia ni se asomó en las conjeturas, haciendo de su presencia en la final un extraordinario valor agregado en el mundial: el protagonismo de las selecciones emergentes.

Y un tercer elemento a tener en cuenta. La final de Moscú tuvo goles, emociones y buen fútbol. Tanto Francia, un equipo de estrellas jóvenes que combinó a lo largo del campeonato un juego práctico, efectivo y vistoso, como Croacia, selección que en siete partidos expuso lo lindo del fútbol colectivo, aguerrido y de corazón, demostraron con argumentos deportivos el porqué de su presencia en la final.

El resultado, que terminó con un 4-2 a favor de los franceses y con Kylian Mbappé como su máxima estrella, refleja un antagonismo propio de la vida misma. Ganó la Francia multicultural y multirracial, pero también ganó los 1.275 millones de dólares que cuesta la nómina francesa y que la hacen el equipo más valorizado en términos económicos del mundial. Ganaron el fútbol, el pueblo y el mercado.

Lo bueno

Son varios elementos positivos que nos deja Rusia 2018. El primero de ellos fue la implementación del Árbitro Asistente de Vídeo, VAR. Esta innovación tecnológica proporciona al fútbol una excelente herramienta para darle niveles ecuánimes al juego. De hecho, con la implementación del VAR se desprende el segundo elemento positivo del mundial, el juego limpio. Este mundial registra en los últimos veinte años los indicadores más bajos en faltas cometidas con un promedio de 27 por partido, tarjetas amarillas con un promedio de 3.42 por partido y tarjetas rojas con un promedio de 0.06 por partido.

El protagonismo de selecciones y jugadores emergentes, es el tercer elemento positivo en este análisis. Selecciones como Croacia, Bélgica, Suecia y la anfitriona Rusia solo para nombrar algunas, demostraron a la prensa, al marketing y a los aficionados, que más allá de los pergaminos que se desglosan del multimillonario mercado de pases, lo verdaderamente importante es edificar un juego que combine colectivamente técnica, táctica, estrategia, mente y corazón.

Lo malo

Como lo ha reseñado esta redacción, la mercantilización acelerada del fútbol se convierte en el elemento negativo del mundial. Al totalitarismo del mercado, que se hace visible en toda la competencia, se le suma la privatización del deporte. En un país como Colombia, donde el fútbol hace parte del ADN popular, la imposibilidad de ver todos los partidos del mundial se convierte en una situación que genera disgustos. Al tener los derechos exclusivos de la transmisión del mundial, la multinacional norteamericana DirecTV obliga sí o sí a contratar sus servicios, privando injustamente a la mayoría social del derecho de ver el mejor fútbol del mundo.

Otro aspecto negativo, y no menos importante, es el excesivo despliegue mediático que en buena medida se convierte en la cortina de humo perfecta para no informar sobre problemas neurálgicos de las distintas realidades sociales. En Colombia, por ejemplo, mientras se hacía un innecesario cubrimiento de la llegada de la selección, se ocultaba o trivializaba la difícil situación del asesinato de líderes y lideresas sociales en los territorios olvidados. Culpa del fútbol, no. Culpa de los medios, sí.

Lo inocultable

Es imposible entender Rusia 2018 sin ubicar los actuales conflictos geopolíticos donde el anfitrión es pieza clave. De hecho este mundial es el primer capítulo de un matrimonio consumado entre la FIFA y los petrodólares, emanados de una compleja relación entre petróleo, corrupción y poder. Fueron 14 mil millones de dólares la inversión que el Gobierno ruso gastó, de los cuales 11 mil millones fueron inversión en infraestructura, convirtiéndolo en el más costoso en toda la historia de los certámenes de FIFA.

En Rusia el balompié es un deporte más de los miles que se practican en esta potencia deportiva. El fútbol importa, eso sí, sin devoción, sin pasión, sin épica, sin gloria. La explicación para que se celebrara un evento del calibre y la importancia deportiva como el mundial, se concentra en los intereses del presidente Vladimir Putin, reelecto por cuarta vez consecutiva como jefe de Estado en medio de escándalos de corrupción y violación sistemática de derechos humanos.

Quizás sea la final de Moscú el mejor ejemplo de esta tensión sociopolítica. Al libreto que tuvo la presentación de artistas top como Will Smith, Nicky Jam y Era Istrefi, dirigido a un público expectante y a un palco de poder donde se destacaba la presencia de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, Emmanuel Macron, presidente de Francia, Kolinda Grabar-Kitarović, presidenta de Croacia, y el propio Putin, se le sumó arrancando el segundo tiempo la invasión del campo de juego por el polémico colectivo feminista Pussy Riot pidiendo libertades democráticas y liberación de los prisioneros políticos. Inocultable radiografía de la Rusia que más allá de la buena organización y los hermosos estadios, es la Rusia que vive un régimen conservador brutalmente capitalista.

… y sin embargo es fútbol

Aún con sus distorsiones y problemáticas, el fútbol es fútbol, y el hecho que el mundial llegase a su culminación, genera amargura y nostalgia. El deporte más lindo del mundo tiene la milagrosa capacidad de irradiar belleza, la inexplicable capacidad de trasmitir pasión y alegría. Adiós a Rusia 2018, solo faltan 1.588 días para Qatar 2022.

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