Tengo un amigo negro o de la aporofobia como lenguaje sexista

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Manuel Antonio Velandia Mora
@manuelvelandiam

“¡Tú eres racista!” “No. Yo tengo un amigo negro”. “¡Tú eres misógino!” “No. Yo me llevo bien con algunas mujeres”. “¡Tú eres homofóbico!” “No… Yo desde pequeño tengo un amigo homosexual”. “¡Tú sufres de aporofobia!” “¿Qué mierda es eso?”

La filósofa española Adela Cortina, a quien tuve la dicha de conocer y entrevistar en Alicante, España, se inventó la palabra aporofobia a partir de los términos griegos áporos(sin recursos) y fobos (temor, pánico). Lo que ella ha hecho es poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver. En resumen, la aporofobia es el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres.

Desde la ontología del lenguaje, que considera que lo que no se nombra no existe, poner un nombre, inventarse una palabra, ayuda a hacer evidente y recalca la idea de que la situación está ahí, aun cuando preferimos ignorarla:

Los pobres son aquellos a quienes no les reconocemos su dignidad. Reconocérsela, debería conducir a empoderar a toda esa gente que discriminamos. Dignidad, es humanizar el vínculo, reconociendo a ese otro, otra, otre como un auténtic* otro, otra, otre.

Son much*s aquellas/as/os a quienes no reconocemos. El reconocimiento no tiene que ver con la cantidad de población, porque, por ejemplo, las mujeres son la más enorme minoría; son más del 50% y sin embargo no gozan de los mismos derechos que los machos de la especie humana. Son minoría también las personas negras, indígenas, discapacitadas, campesinas, homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgéneros, transmasculinos, transfemeninas, agéneros, con genero fluido, con género queer, víctimas del conflicto armado interno colombiano, desplazados, refugiados políticos, militantes de izquierda… Son much*s más de l*s que la sociedad quisiera desconocer y mucho más de los que algunas personas son capaces de aceptar.

Homofobia, transfobia, lesbofobia, sexismo, racismo, xenofobia, bullying tienen como base común la aporofobia, pero esta no afecta a todos. Si se es rico, blanco, famoso, entonces hay reconocimiento y no hay discriminación. Nadie les teme a los extranjeros que vienen a comprar y llegan a los mejores hoteles, se les teme y excluye a quienes no pueden cubrir sus necesidades básicas.

Las nuevas iglesias cristianas son aporofóbicas, no es tan importante el mensaje cristiano como la necesidad de que puedan pagar el diezmo; así que, quien, siendo negro, homosexual, campesino, puede pagar el diezmo obtiene la indulgencia divina que logra salvarle.

El problema detrás de la aporofobia es que el miedo se convierte en rechazo, en exclusión. De este emergen la separación social, la vulneración de derechos, los crímenes de odio, la falta de empatía y solidaridad y los discursos de odio, entre otras formas de discriminación, exclusión y separación social; con el miedo se incrementan las desigualdades, y a partir de la agorafobia, el otro, la otra, el otre se percibe como amenaza.

Las personas para excluir, se excusan en la libertad de expresión y en el ejercicio de la autodeterminación, y así pueden dar rienda suelta a su sentido de inequidad. Otros se excusan para vulnerar derechos en la norma legal y unos cuantos más, en el sentido de autoridad que les confiere un uniforme, ya sea militar o simplemente de portero, como también en el poder que parece dado por obra y gracia de ser una directiva escolar o un empleado público.

 

 

 

 

 

 

 

El sexismo lingüístico

El sexismo lingüístico es el uso discriminatorio del lenguaje en razón del sexo contemplado desde una perspectiva binaria.

La aporofobia tiene una expresión cotidiana de exclusión de los derechos de las personas en las diversidades sexuales. Como ya decíamos el lenguaje genera mundos. Inicialmente, se utilizó la “@” en la búsqueda de la inclusión de las mujeres en el discurso de la cotidianidad, para enunciar simultáneamente situaciones pertinentes a las masculinidades y las feminidades.

Es así como le di uso en aquellas palabras que deben entenderse tanto desde lo femenino y lo masculino, como por ejemplo en el término “ell@s”, y me apropié del símbolo “æ” para usarlo en las palabras en las que el masculino se construye con la vocal “e” y el femenino con la “a” como por ejemplo “esæ”.

Necesariamente esta fue una solución planteada desde la óptica del binarismo del género, pero nos abrió las puertas a la discusión del tema. Yo fui la primera persona en Colombia en publicar un libro escrito totalmente en masculino y femenino, lo hice en 1998; posteriormente le di uso en mi tesis de la maestría de educación en la Universidad Javeriana (2002). Inicialmente me dijeron que no era posible, pero no había ningún argumento legal que justificara la negativa, así que se vieron obligados a aceptarlo. Posteriormente pasé a otras alternativas, y fue así como hice una ponencia en un congreso sobre bioética en la Universidad del Bosque, la que posteriormente fue publicada como artículo denominado “Las identidades móviles de los, las, les seres, por Ediciones El Bosque, en la Colección Bios y Ethos, Volumen 23, Bioética y sexualidad, en 2005.

Esta ponencia y artículo fueron importantes porque nos acercaron a la idea de que, no todas las personas se mueven o se asumen a uno u otro lado de dicho binarismo, sino que, si partimos del hecho de que el género no es algo estático, comprenderemos que el género es un punto cualquiera en un continuo en que sus móviles extremos son lo que social, cultural, religiosa, educativa, económica y políticamente se considera en el tiempo y lugar, como lo masculino y lo femenino.

En este sentido, son muchas las formas de ser masculino o femenino, o simplemente de dejar de serlo, al negarse a asumirse en el extremo y ponerse en un punto cualquiera del continuo. Es así como encontramos personas de género fluido, de género Queer, agéneros, no identitarios del género.

Nombrar a estas personas en los lenguajes sexistas y excluyentes de la diversidad sexual parece no ser un problema, quienes lo hacen se excusan en la importancia de la gramática para no nombrar aquello que sí existe y requiere ser nominado. Creo que el problema no fundamentarse en lo lingüístico, sino que transgredirlo tiene objetivos sociales, políticos y se plantea desde una perspectiva de géneros con la que se busca democratizar el lenguaje y dar visibilidad social al amplio espectro de los géneros, y en últimas para lograr una sociedad más igualitaria.

La lingüística Eulalia Lledó, considera que “el lenguaje no es sexista en sí mismo (que) sí lo es su utilización. Si se utiliza correctamente también puede contribuir a la visibilización de la mujer”. Yo iría más adelante que Lledó, afirmando que es primordial para visibilizar a las personas de la amplia diversidad de los géneros y cuerpos.

Cuando una persona no es un “Él” o una “ella”, sino cualquiera otra de las múltiples opciones, se requiere movilizarse desde el lenguaje binario a uno más incluyente. En castellano los pronombres personales son masculinos y femeninos (los y las) porque en el diccionario de la Real Academia de la Lengua tan solo se tienen en cuenta dos géneros; no existe un pronombre para hacer referencia a aquellas personas que hacen el tránsito de lo masculino a lo femenino, de lo femenino a lo masculino, las que asumen una identidad de género que reúne las dos posibilidades en una, por las que no quieren ubicarse en algún punto concreto y se movilizan en el género; ahora bien, se hace evidente la necesidad de construir un pronombre que haga referencia a dichos géneros, razón por la cual en la ponencia y artículo las nombré como “les”, dando así importancia al uso del morfema -e como forma de visibilizar las políticas de género en el castellano.

Alumnes, todes, chiques, nosotres, otres, vosostres, son algunas de las palabras que se usan en la construcción del lenguaje en la equidad. El uso del morfema -e se fue haciendo frecuente en la oralidad, y cada vez más, lo es su aplicación en la escritura.

“La historia de las lenguas enseña que los cambios en el habla y en la escritura no se imponen desde las academias ni desde la dirección de un movimiento social, no importa cuán justas sean sus reivindicaciones (…) La militancia puede favorecer esos cambios, pero no puede imponerlos”, escribió Beatriz Sarlo en octubre de 2018, en Babelia.

Para concluir, yo considero que lo pertinente es vulnerar el lenguaje, si es que ello es así, si se tiene como meta no vulnerar a las personas y sus derechos.

8 Comentarios

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