Al pan, pan y al vino, vino. Santos sí conspira contra Venezuela.

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Las recientes declaraciones del director de la CIA, admitiendo que ha conversado con Juan Manuel Santos sobre la situación interna de Venezuela, confirma el rol intervencionista del gobierno colombiano, a tono con los libretos del Departamento de Estado y de la inteligencia militar norteamericana

Ricardo Arenales

Razón tienen algunos círculos intelectuales y de la esfera democrática, tanto nacionales como extranjeros, que en las últimas décadas han calificado a Colombia, y particularmente a sus gobiernos, como “el Caín de América Latina”. Ingrato papel que desdice de los esfuerzos del libertador Simón Bolívar, no solo por librarnos de la coyunda española, sino por construir una Patria Grande, justamente la que intentan refundar los gobiernos progresistas de la región, con el de Hugo Chávez y Nicolás Maduro a la cabeza.

Ese rol que nos endilgan, tuvo un acento notorio bajo las dos administraciones de Álvaro Uribe Vélez, pero de nuevo el tema se actualiza, particularmente con la funesta política exterior de la Casa de Nariño, bajo la dirección del actual mandatario.

La alusión viene al cuento, por las recientes y bochornosas declaraciones del señor Mike Pompeo, director de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, CIA, el pasado 20 de julio, en el marco de un foro sobre seguridad global, promovido por el Instituto Aspen, donde el funcionario reconoció que su país “trabaja duro”, por conseguir que Venezuela permanezca “tan estable y democrática como sea posible”.

Secreto a voces

Y que para ese esfuerzo trabaja muy de cerca, de la mano de los gobiernos de Bogotá y México. Más, desde luego, con el de Bogotá, que dispone del mayor y mejor armado de los ejércitos de la región, que acaba de salir de un conflicto armado de más de medio siglo, y tiene la capacidad de participar en cualquier operación de guerra en el exterior, como bien lo valoran los servicios de inteligencia norteamericanos.

Lo que confirman las declaraciones del director de la CIA es un secreto a voces: que el gobierno colombiano, como otras administraciones anteriores en Bogotá, han estado supeditadas, en un papel de lacayos, a la política intervencionista norteamericana en el continente.

En una lectura algo ingenua de esta postura, y recordando el importante papel que jugó Venezuela, como también lo hizo Cuba, en el largo proceso de negociaciones con la guerrilla para alcanzar la paz en Colombia, tras medio siglo de desangre fratricida, algunos observadores tildan a Santos como un traidor. Que se sirvió de Venezuela mientras le fue útil en el apalancamiento de las negociaciones con las FARC, pero firmada la paz, corrió a darle la espalda al gobierno de Caracas que le tendió la mano.

De la mano de la ultraderecha

En realidad, Santos no es un traidor. Por el contrario, ha sido leal a los intereses que representa. Que son los de su clase social, la burguesía colombiana, que no coincide en su visión estratégica, con la tarea de afianzar un conjunto de reformas sociales y democráticas avanzadas, como las que intentan llevar a cabo en Venezuela, el gobierno de Chávez primero, y el de Maduro ahora.

En realidad, Santos actúa como aliado de la política intervencionista norteamericana, de la derecha fascista venezolana y, ¡qué paradoja!, en esto coincide con los sectores más retardatarios de la ultraderecha colombiana, representados en el Centro Democrático del señor Uribe Vélez, impulsadores de la política de odio contra el hermano país.

Del lado de la peor reacción

La actitud del gobierno colombiano se hizo más tensa cuando a fines de julio y comienzos de agosto, en diferentes intervenciones públicas, el presidente Santos pidió en forma descarada al gobierno de Maduro suspender la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, y más tarde, ante hechos cumplidos, asegurar que no reconocerá, ni el proceso de elección de ese organismo soberano, al que calificó de “espurio”, ni los resultados de las decisiones que adopte en sus deliberaciones.

Cierto es que la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente desató una guerra de posiciones a favor y en contra de la iniciativa, tanto en el ámbito doméstico venezolano como en el escenario internacional. Fraccionó al mundo entre una derecha recalcitrante y los sectores progresistas.

Y Santos tomó partido por la ultraderecha. Eso no sorprende. Santos es uno de los principales aliados de la oposición golpista en Venezuela, que ha llegado a las vías del terrorismo, de la política del miedo, en su afán por derrocar al gobierno legítimo de Venezuela.

Santos no nos representa

La animadversión del mandatario colombiano hacia el régimen progresista del vecino país, no se expresa solo ahora con el tema de la Asamblea Constituyente. Ya antes había asumido un rol mercenario promoviendo debates en la Organización de Estados Americanos, OEA, buscando que el organismo multilateral aplicara la “carta democrática”, el más expedito instrumento de intervención militar abierta por parte de los Estados Unidos.

La simpatía de Santos hacia la idea de derrocar al gobierno constitucional en Venezuela no para ahí. Cada vez es más franco su apoyo a los planes desestabilizadores de la derecha fascista venezolana, representada en la MUD. Es diligente en la tarea de acoger a los elementos contrarrevolucionarios que han huido de la justicia venezolana por sus actividades francamente criminales. Tal es el caso del señor Carmona, el presidente “espurio”, que duró apenas unas horas en el poder tras el golpe de estado que quiso perpetrar contra el presidente Chávez.

La posición de Santos no representa la tradición del Libertador Simón Bolívar, que hermanó a los pueblos latinoamericanos en la lucha por la independencia, la soberanía y la dignidad que siempre anhelaron. El pueblo venezolano derrotará a la derecha vende patria de su país. También a sus aliados de esta parte de la frontera, y al bloque de poder intervencionista norteamericano.

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