Adiós a la guerra

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Foto NC Noticias.

Ya podemos decir, sin un mínimo de exageración, adiós a la guerra, porque el martes 27 de junio del presente año, día histórico en Colombia, las FARC-EP completaron el 100 por ciento de la dejación de las armas, ahora depositadas en los contenedores de las zonas veredales y bajo estricta vigilancia de la misión de la Organización de las Naciones Unidas.

Parece el título de una película de ficción, de esas que se producen en Hollywood, donde los malos son presentados como buenos, pero es un acontecimiento de la más pura realidad colombiana. Las FARC-EP que se enfrentaron en cruenta guerra al Estado colombiano durante más de medio siglo, debido a causas políticas, económicas, sociales e históricas, dejaron las armas de conformidad a lo pactado en el Acuerdo Final de La Habana. Honraron la palabra, cumplieron el compromiso asumido, contrario a lo que señalan los uribistas y la nueva alianza maquiavélica de Uribe-Pastrana. En el país y en el exterior millones de personas celebraron el acontecimiento histórico, que le pone fin a la guerra que enfrentó a guerrilleros y al Estado y que termina con un acuerdo político, social y humanitario sin vencedores ni vencidos. No lo hacen los nostálgicos de la guerra, los que se lucraron de ella y los resentidos por distintas razones por lo general injustas.

El hecho equivale, ni más ni menos, a que las FARC dejan de ser una organización político-militar y se transforma en una organización política. Como lo han dicho sus dirigentes más conspicuos: su única arma en adelante será la palabra. Se abre una nueva etapa en el proceso político colombiano en la cual tendrán que desaparecer las causas del largo conflicto a cambio de un fuerte Estado social de derecho en el cual la democracia sea igual para todos y las garantía de libertades y derechos humanos y además que las condiciones sociales mejoren la situación de millones de colombianos víctimas de la explotación y del despojo del capital y de los capitalistas del campo y la ciudad.

Como ya se dijo, las FARC-EP cumplieron; ahora tienen que cumplir el Gobierno nacional y los poderes del Estado, mezquinos a la hora de garantizar la implementación del Acuerdo Final de La Habana. El Estado se unió para la guerra, pero no logra unirse para la paz. Atraviesa demasiadas talanqueras a la hora de reconocer y hacer valer lo acordado. Es un Estado tramposo, históricamente responsable de la guerra fratricida, porque se empeñó en la violencia y en favorecer los intereses de las pocas familias que concentran la riqueza y el poder. Ahora que tiene que demostrar la generosidad o mejor el realismo, actúa con mezquindad, con trampas, con vacilación.

Es un Estado y una clase dominante con pánico a las reformas. La oligarquía ha logrado sostenerse a lo largo de la historia republicana debido a esas gabelas del poder, a la violencia y al poder económico, respaldada por el imperialismo de los Estados Unidos que cuenta con ella como si fuera un cachorro. La extrema derecha como gran cosa, acusa a Santos de entregarle el poder al “castrochavismo”, es el intento de crear un fantasma que asuste a los ciudadanos, pero como dijo un comandante guerrillero, “ojalá esto fuera el castrochavismo”, porque lo que existe en Colombia no es nada, no es democracia, no es humanista, no es equitativo, no es participativo, es lo más arbitrario y desigual del planeta. Es lo que hace difícil el camino a la paz estable y duradera.

Los medios de la “gran prensa” reclaman la fotografía de la dejación de las armas, pero lo que hubo fue el acto solemne de Mesetas, con la participación de Timoleón Jiménez y los comandantes farianos. Con dignidad dijeron: “¡cumplimos!, pero no dejamos el registro fotográfico de la dejación de las armas porque no fuimos derrotados, es una paz digna para ambas partes”. Y así fue. La guerrilla no fue derrotada, honró sí su palabra y cumplió con lo pactado.

Ahora debe hacerlo el Gobierno. Dejar de hacer maromas y concesiones para tranquilizar a los enemigos de la paz, al fin y al cabo gente de su misma clase, para no utilizar otro calificativo. Es lo que debe entender el pueblo, desde el otro lado, con un criterio popular y democrático. El camino es la unidad, la movilización de masas para hacer que el Gobierno y el Estado cumplan, para defender el Acuerdo de La Habana y abrir la posibilidad de una Constituyente ciudadana que produzca cambios estructurales en la vida del país. Ahí sí se hará realidad la utopía de la paz estable y duradera.

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