A un año de la sindemia

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Foto Tanya Gorelova

Para evaluar la respuesta al SARS-CoV-2 en Colombia es necesario analizar las políticas sociales del Gobierno. La desigualdad aumenta el impacto del virus en la clase media y los más pobres

Redacción Actualidad

Hace un año, cuando la Organización Mundial de la Salud, OMS, declaró la pandemia, los gobiernos se apresuraron a entrar en cuarentenas, cierres de fronteras, cierres de economías, toques de queda, suspensión de clases, exigir el uso de tapabocas, lavado constante de manos y distanciamiento social como medidas para detener la expansión del nuevo coronavirus.

Mientras tanto, la comunidad científica y las farmacéuticas se apresuraban a encontrar medicamentos que curaran, mitigaran y, por supuesto, vacunas.

A la vez, el Gobierno colombiano no tomaba las mejores decisiones para enfrentarla y se develaron la ineptitud del sistema de salud, las desigualdades, la corrupción y la pobreza, que al combinarse permitieron que el coronavirus se extendiera con mayor facilidad.

Para hacer un balance, es necesario tener en cuenta factores de salud, pero también sociales y económicos porque van de la mano a la hora de contener o no la expansión de la enfermedad. Y, para el caso, esos aspectos que van más allá del médico sí han sido determinantes en la catástrofe causada por el virus. Es por esto que, desde la comunidad científica, se afirma que la actual crisis no es una pandemia sino una sindemia.

El neologismo es el resultado de la fusión de los términos sinergia y pandemia, y hace referencia a la interacción de epidemias o brotes de enfermedades con fenómenos sociales como la inequidad sanitaria, la pobreza y la violencia estructural que dejan múltiples consecuencias, lógicamente, sanitarias y sociales.

Más allá de lo médico

Y es que, al ver la cantidad de víctimas letales en el mundo, vale la pena ver otros aspectos más allá de los médicos o del desconocimiento del virus. En ese sentido, varios artículos de la revista británica The Lancet, una de las más prestigiosas en temas de medicina, aseguran que el planeta está ante una sindemia.

Es decir, que las condiciones de la enfermedad al juntarse con las sociales y ambientales incrementan la vulnerabilidad en las poblaciones. Por lo tanto, la manera de enfrentar el coronavirus debe cambiar.

Se ha visto que la enfermedad golpea con mayor gravedad o letalidad a quienes tienen enfermedades como cáncer, diabetes, asma, problemas cardiacos, obesidad, y sufren grandes ataques quienes están en condiciones de pobreza o minorías étnicas.

Según un informe de la BBC, en Estados Unidos o en Reino Unido hay el doble de probabilidades de morir si se es negro. Asimismo, en Perú, uno de los países que a finales de 2020 tenía más muertes per cápita en el mundo, se evidenció que el impacto era mayor en las poblaciones con ingresos socioeconómicos más bajos.

En consecuencia, según la BBC, y con base en el editor de la revista The Lancet, Richard Horton, la lucha contra el coronavirus pasa primero por enfrentar las enfermedades no contagiosas mencionadas antes, lo que actualmente solo existe en la agenda de países desarrollados. Para los mil millones de personas más pobres del mundo, estos males representan la tercera parte de sus padecimientos.

Para otros científicos, la propagación de la enfermedad se da dependiendo del contexto social en la que se presenta. Entonces, hay que eliminar las estructuras que no permiten que millones de personas accedan a dietas adecuadas o a servicios de salud de calidad.

Por todo lo anterior, para que los gobiernos protejan a sus poblaciones del coronavirus, lo primero que tienen que hacer es diseñar políticas que reviertan la pobreza y la desigualdad. De lo contrario, planes de vacunación podrían fracasar. En conclusión, los expertos aconsejan enfrentar la covid-19 como una sindemia, y no como una pandemia.

El caso Colombia

Ahora bien, al ver la realidad nacional con el prisma de los científicos de The Lancet, el panorama es desolador y se encuentran respuestas al actual desastre. Desde el inicio de la emergencia, el Gobierno nacional le dio al ejecutivo facultades para legislar por decreto, aunque las medidas no redundaron en favor de la eliminación o reducción de las desigualdades que agravarían la crisis sanitaria. Por lo contrario, se intentó una reforma pensional y una reforma a la salud para privatizar totalmente el sistema.

Pero al mismo tiempo, desde las organizaciones sociales y sindicales se exigió una renta básica para que la gran mayoría de trabajadores informales pudieran permanecer en confinamiento, sin tener que salir al rebusque para sobrevivir.

De la misma manera, se pidió cubrir desde el Estado la totalidad de las nóminas de las medianas y pequeñas empresas que ofrecen el 80% del empleo. De esta forma, se mantendría la capacidad de consumo y las garantías de subsistencia para millones de colombianos. Ambas propuestas han sido negadas, y las cifras muestran el crecimiento del desempleo, la pobreza, la violencia, la desigualdad y al mismo tiempo, la expansión del virus.

En cuanto al aspecto sanitario, el médico Sergio Isaza, presidente de la Federación Médica Colombiana, FMC, expresa que la pandemia puso en evidencia las deficiencias del sistema de salud: “Demostró que no tenía la capacidad de prevenir la enfermedad, lo que se evidenció con las crecientes cifras de contagios y muertes. De acuerdo con el seguimiento diario de la Universidad Johns Hopkins, a nivel mundial Colombia está en el puesto once con 2.305.884 casos de infectados al día de hoy (15 de marzo) y 61.243 muertes”. El país ocupa el doceavo lugar en letalidad.

La ilusión de las vacunas

Por otra parte, el presidente de la FMC advierte que, si bien es cierto que las vacunas son determinantes para el control definitivo de la pandemia, no son la única medida para tener en cuenta, ya que las políticas de carácter preventivo deben mantenerse vigentes, inclusive durante el tiempo de vacunación.

No obstante, en el proceso de inmunización con los biológicos aparecen nuevos óbices, como la lentitud con la que este se desarrolla, lo que dificulta lograr que los inmunizados protejan a los que no lo estén, y disminuir así la propagación de la enfermedad. Lo que se conoce como el efecto rebaño.

Sin embargo, no es solo lo anterior. Después de la vacunación, se deben hacer estudios y seguimiento a grupos representativos de los vacunados y así conocer la seroconversión, o presencia de anticuerpos suficientes y la durabilidad o protección que tienen.

“La idea es que una vacuna no tenga una protección inferior a un año, sino que esté entre los dos y los 10 años. Eso es parte de la política pública”, explica Isaza.

En ese sentido, hace unas semanas en estas mismas páginas, la doctora Claudia Patricia Vaca González, directora del centro de pensamiento Medicamentos, Información y Poder, de la Universidad Nacional, advirtió que de no realizarse una vacunación equitativa, justa y rápida se abriría el espacio para que haya variantes del virus, el contagio se extienda y posiblemente esas mutaciones afecten a los vacunados.

Por lo anterior, el ritmo de vacunación se convierte en un ítem fundamental para contener la pandemia. Para el doctor Isaza, este debe ser de 100 mil por día, y actualmente se aplican en promedio 31 mil.

Con lo expuesto, es fácil prever que se está lejos de superar la crisis sanitaria, más cuando también depende de factores económicos y sociales en los que el país empeora cada día.

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