500 años de abandono

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Pablo Arciniegas

Tan pronto como América fue descubierta también fue abandonada. El Dios que los misioneros propagandeaban en este Nuevo Mundo, que supuestamente era el Dios del perdón y el amor infinito, no parecía atender las súplicas de sus nuevos siervos de este lado del charco, para quienes de las carabelas solo bajaban pestes, muerte y confusión. Así pasaron tres siglos, en los que la tan solicitada autoridad divina (el rey) nunca se asomó por aquí, de modo que, ‘civilizar’ el continente quedó a cargo de hombres con intereses personales y que por cultura despreciaban el trabajo.

La Independencia tampoco vino a cambiar las cosas, salvo que ya no se creía en un poder que provenía del cielo, sino del pueblo para el pueblo, por lo menos en el papel. Pero esa cosa llamada Estado tampoco se interesó por acabar con la pobreza y la violencia, más bien, sirvió para que los criollos y hacendados pudieran entrar al negocio que abusaba de la mano de obra barata y sin educación. De esta forma fue como Colombia entró a su fase republicana, a la merced de gobernantes que clamaban ser caudillos cuando en realidad solo querían entrar al mismo negocio de los amos españoles de quienes se acababan de separar.

Este abandono ha perdurado hasta hoy, aún cuando los gobiernos colombianos siempre se reconocen como demócratas y desde el final del siglo pasado como socialdemócratas en la Constitución. Pero en la práctica, temas como la justicia social, la igualdad, la educación y garantizar unas elecciones libres ―de verdad― se quedan en las cátedras de ciencia política. En cambio, la violación de la libertad en nombre de la libertad de mercado, como lo lamentaba Thoreau, es casi que diaria.

Lo bueno es que esa mentira: de que se necesita un gobierno colonialista y hacendado, como este, para traer progreso y cambio, ya no se soporta. La Minga que esta semana está en Bogotá, por ejemplo, no viene juntando las manos para que Dios o su representación nos gobierne como lo hicieron nuestros antepasados. Si fuera así, el presidente Duque encantado les lanzaría dulces y prometería estadios. No, la Minga viene exigiendo que se les respete la vida, esa garantía tan básica del tratado social (que los indígenas ni firmaron) porque para ellas y ellos sí tiene un significado.

Por eso, esta administración declaró a la Minga como enemiga del orden; el uribismo dice que no va a escuchar sus amenazas ―¿son un grupo subversivo acaso?― y que sus integrantes esparcen la pandemia, pero ninguna estrategia de manipulación de masas es capaz de tapar el sol con un dedo: la manera en como se ha gobernado Colombia, desde 500 años de abandono, es tan obsoleta como la estatua de Belalcázar sobre la pirámide de Tulcán.

Epílogo I

Falta de palabra: la del presidente Duque que en uno de sus talleres de ‘Construyendo país’ le prometió protección a Jesús Monroy Ayala, excombatiente de las FARC que trabajaba en proyectos de desarrollo en el Meta, y que la semana pasada fue asesinado con Jefferson Mandela, su escolta, en la vereda El Planchón.

Epílogo II

Es aterradora la plusvalía que adquiere la coca entre los 2.900 pesos por kilo que ganan los campesinos que la cultivan y los cuatro millones de pesos que vale el kilo de clorhidrato en Europa. Pero lo más aterrador es saber que el 63% de este producto sale de Colombia, una cantidad que no se podría mover si el sectores del Estado no estuviera mediando.

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