1945, la victoria de un pueblo

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Ilustración inspirada en la fotografía de Yevgeni Jaldéi titulada “Alzando una bandera sobre el Reichstag”.

Hoy más que nunca, cuando los grandes conglomerados financieros evocan de nuevo al autoritarismo para aceitar los engranajes de la acumulación de capital, debemos recodar el sacrificio de los pueblos del mundo y de la sociedad soviética en la derrota histórica del fascismo

Alejandro Cifuentes

75 años después de que el régimen nazi capitulara ante el Ejército Rojo, el diputado alemán del partido de izquierda Die Linke, Diether Dehm, decidió homenajear a Vladímir Varénik, quien combatió en la batalla de Berlín, colocando un mensaje del veterano ruso en el edificio del Reichstag: “El planeta Tierra es nuestra casa común. Nosotros somos vecinos en esta casa, cercanos y lejanos. Y es hora de vivir como vecinos”. Dehm cree que no se debe olvidar el esfuerzo de los hombres y mujeres que contribuyeron a liberar a Alemania del fascismo, y que costó la vida de 27 millones de personas.

Sin embargo, hoy las democracias occidentales se han empeñado en negar el esfuerzo soviético en la derrota del fascismo, e incluso, culpan a la Unión Soviética del estallido mismo de la guerra, mientras que se erogan el rol de salvadores de la humanidad. Al mismo tiempo, la Unión Europea y la Casa Blanca apoyan gobiernos en Europa Central y Oriental de corte neo-fascista. Estos gobiernos han venido construyendo un discurso histórico revisionista que exalta a fascistas locales que colaboraron con los nazis, tal como el ucraniano Stepan Bandera o los “lobos de hierro” lituanos, los cuales, entre otras cosas, participaron activamente en el exterminio de la población judía de sus países.

Una guerra de exterminio

Cuando occidente se presenta como el principal protagonista de la derrota del nazismo, omite el hecho de que la Unión Soviética cargó el mayor peso de la guerra. En primer lugar, los alemanes desplegaron más recursos militares contra los soviéticos: entre 1941 y 1945 el Ejército Rojo enfrentó a 674 divisiones del ejército alemán. Mientras, en el mismo periodo, los aliados occidentales lucharon contra 176 divisiones alemanas.

Para 1944 se calcula que seis millones y medio de soldados alemanes habían sido desplegados, pero dos tercios de ellos combatían contra los soviéticos. Además, la aviación alemana empleó y perdió 77 mil cazas de combate contra los soviéticos en comparación a los 23 mil aviones perdidos contra los aliados occidentales.

En segundo lugar, el efecto de la guerra fue mayor para la sociedad soviética: se calcula que 14 millones de civiles murieron durante la contienda. La cifra se conoce bien, pero a menudo se pasa por alto que no fueron simples bajas por el fuego cruzado. Las vidas sacrificadas y el gigantesco despliegue militar alemán en la Unión Soviética responden al hecho de que los nazis planificaron una guerra de exterminio contra ese país.

Los nazis se lanzaron en una cruzada contra el comunismo y los pueblos eslavos, que consideraban “subhumanos”. Ello explica el hecho de que 5.7 millones de civiles soviéticos y tres millones de prisioneros de guerra del Ejército Rojo fueran asesinados en los campos de concentración alemanes.

Los nazis pretendían convertir las estepas rusas en una zona para colonos agrícolas alemanes, quienes tendrían a su servicio a los esclavos sobrevivientes. La idea era borrar del mapa todo vestigio de la sociedad soviética, cosa que John F. Kennedy reconoció en 1963, cuando afirmó que ninguna nación en la historia de la guerra había sufrido tanto como la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial.

El presidente estadounidense calculaba que una tercera parte del territorio soviético y dos tercios de su infraestructura industrial habían sido reducidos a la ruina. Y sus cifras no estaban lejos de la realidad. 15 grandes ciudades fueron destruidas, así como más de 8.700 ciudades intermedias y pueblos, lo que implicó la destrucción de seis millones de edificios dejando sin hogar a 25 millones de personas. Más de mil minas de carbón y tres mil pozos de petróleo fueron inutilizados por los nazis, quienes saquearon 98 mil granjas colectivas, y casi tres mil estaciones de maquinaria y tractores.

Una victoria del pueblo soviético

La derrota del fascismo fue ante todo un hecho protagonizado por campesinos y obreros, que no solamente se movilizaron como soldados, sino que mantuvieron funcionado las granjas colectivas y las fábricas, para alimentar a las ciudades y abastecer a las tropas en el frente.

Hay que resaltar que en la derrota del fascismo confluyeron diversas naciones, pues el Ejército Rojo estaba compuesto no solamente por rusos, sus soldados provenían de las etnias túrquicas y mongolas de Asia Central, de los pueblos del Cáucaso, de los países bálticos, de Ucrania e incluso de Polonia.

Tal cosa fue posible porque el pueblo soviético se movilizó para defenderse ante la agresión nazi. Millones de personas como voluntarios, aun mintiendo sobre su edad o a pesar de sus limitaciones. Este fue el caso de Vasili Grossman, quien, sabiendo de las atrocidades cometidas en Ucrania contra los judíos, buscó integrarse a la lucha a pesar de las limitaciones físicas que le impedían el uso de las armas. Finalmente se convirtió en corresponsal de guerra, y nos dejó impresionantes testimonios de esta confrontación.

Pero fueron las mujeres las que más lucharon por ganarse un puesto en la lucha contra el fascismo. Muchas de ellas experimentaron el rechazo social por querer ejercer el rol de soldado, y al final sus actos demostraron ser de gran valía en el campo de batalla. Solamente por señalar algunos casos, tenemos a la obrera e historiadora ucraniana Liudmila Pavlichenko, que se convirtió en la francotiradora más exitosa hasta ahora registrada; o la coronel Marina Raskova, quien formó el famoso Regimiento 588º, de bombardeo nocturno, bautizado por los soldados alemanes como Brujas de la noche.

Por los pueblos del mundo

Con todo, los primeros en reconocer que el triunfo sobre el fascismo no fue solamente una conquista soviética, son los veteranos del Ejército Rojo. Todos coinciden en que su lucha fue posible gracias a las ayudas recibidas de Inglaterra y de los Estados Unidos. Y es que la Segunda Guerra Mundial tiene una particularidad, aunque se originó en disputas imperialistas, esta se convirtió en una lucha por la libertad, y millones de personas a lo largo y ancho del mundo fueron voluntariamente a la guerra contra el fascismo, pues era un enemigo que había que derrotar.

Jóvenes estadounidenses y británicos antifascistas se unieron a sus ejércitos, enfrentando incluso los prejuicios sociales y raciales en sus propias líneas, como les ocurrió a los pilotos y marineros afroamericanos. En la Europa ocupada se formaron grupos partisanos para resistir a los nazis, y poco a poco lograron levantar en armas al pueblo, logrando así la liberación de zonas como Italia, Yugoslavia, Bulgaria, Checoslovaquia y Polonia. En el extremo oriente, los campesinos desde China a Filipinas, de Birmania a Indochina (actuales Laos, Camboya y Vietnam), se alzaron contra los invasores japoneses. E incluso pilotos de combate mexicanos, brasileros y argentinos dieron sus vidas para poner fin a la amenaza fascista.

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